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sábado, 29 de marzo de 2014

Hora del planeta 2014

Desde hace 8 años, cientos de millones de personas de todo el mundo, empresas, gobiernos y centros educativos unen sus voces en defensa del medio ambiente. Por eso, La Hora del Planeta se ha convertido en la mayor campaña de movilización y participación jamás organizada.

En 2013, más de 7.000 ciudades de 150 países apagaron las luces de sus principales monumentos y edificios emblemáticos, enviando así un claro mensaje: los gestos simbólicos pueden generar grandes cambios si conseguimos un compromiso global durante todo el año.

La campaña tomó entonces una nueva dimensión invitando a los ciudadanos a ir más allá y adoptar medidas de ahorro energético durante todo el año. Fue el año de los pequeños y grandes compromisos para crear un modelo de vida más sostenible y respetuoso con el medio ambiente. Fue el año de los retos, de los desafíos y la gran pregunta ¿ Qué serías capaz de hacer para salvar el planeta?


Este año WWF plantea un nuevo desafío: vamos a crear una comunidad global interconectada que demuestre que hasta dónde podemos llegar para cambiar el mundo en que vivimos. Queremos que todos, individuos, empresas, ayuntamientos y centros educativos, apuesten por ser más eficientes y autosuficientes en el uso de la energía y promuevan las energías limpias para lograr, de esta manera, reducir el nivel de emisiones de C02 del planeta.

Usa tu imaginación y tus redes sociales para difundir la campaña entre tus seguidores y anímales a hacer los mismo. Cuantos más seamos, más fuerte se oirá nuestra voz..

Que la inspiración de una hora mágica sirva para construir un futuro sostenible
.

El próximo 29 de marzo, de 20.30 a 21.30 apaga la luz.




Vía: WWF España

martes, 28 de enero de 2014

La necesidad de cambiar de gafas ante las señales de insostenibilidad

La necesidad de cambiar de gafas

  
 Hasta hace bien poco, cuando se les preguntaba a las personas mayores de los países desarrollados si creían que sus hijos e hijas vivirían mejor que ellas, la gran mayoría respondía que sí. Desde hace poco, cuando se le pregunta a la gente no tan mayor si cree que sus hijos e hijas vivirán mejor que ellos casi nadie se atreve a decir que sí. Quizá porque empiezan a intuir los daños que la civilización está causando al planeta. A pesar de las constantes alabanzas a la tecnología y al progreso, realizadas sobre todo en los medios de comunicación, existe la sospecha, cada vez más extendida, de que no se puede continuar con este modelo de producción y consumo por mucho tiempo. Comienza a atisbarse la idea de que se están superando límites que nunca tendrían que haberse ignorado ni traspasado.

Las percepciones básicas sobre el deterioro de los ríos, los valles, los pozos, los suelos, las costas, el aire, los bosques, los animales, los ecosistemas, chocan con la celebración de la tecnología y el desarrollo, creando un sombra de inquietud en los países enriquecidos y un desgarro en los empobrecidos.

Las soluciones que se proponen suelen ser siempre las mismas: construir más infraestructuras, desarrollar tecnologías complejas, aumentar la producción, estimular el crecimiento... Con ello tal vez se podrán resolver, según se dice, algunos de los daños. El resultado, sin embargo, es que el deterioro ecológico crece a una velocidad cada vez mayor.

Quien ha tenido que caminar sobre el barro cada vez que llovía está encantado con el asfalto y verá siempre bien nuevas ampliaciones de la superficie asfaltada, porque hasta hace poco lo que sobraba era tierra. Quien ha tenido que acarrear a sus espaldas leña desde lejos todos los días, está encantado con su camión y verá con complicidad que haya cada vez más camiones acarreando objetos de acá para allá. Quien ha lavado pañales en un lavadero con temperaturas próximas a la congelación estará encantada con la caldera de gas, y no le parecerá mal que esté todo el día encendida.

Las mejoras vividas o percibidas han afianzado los esquemas (las gafas) con las que miramos la realidad. Si algo es bueno, pensamos, entonces más de lo mismo será mejor. Desde esta lógica es posible ver con buenos ojos la movilidad creciente, la producción creciente, el consumo creciente, el comercio internacional creciente, y por supuesto el crecimiento continuado.

Pero la Tierra no es creciente sino dinámicamente estable. Y ya ha enseñado sus límites. Las dificultades para extraer petróleo en las mismas cantidades que en el pasado, la fuerte reducción de la biodiversidad, el cambio climático generado por el ser humano, la contaminación de los océanos, la cementación y desertificación de una parte creciente del territorio son signos de los límites de la biosfera.



Lo que quizá era bueno en pequeñas cantidades puede no serlo si las cantidades son grandes. Casi nada sigue la regla del cuanto más mejor. Hay un momento en que el exceso de lo bueno se convierte en malo. En la naturaleza muy pocas funciones son lineales. Asfaltar un poco quizá sea bueno, pero asfaltar mucho se convierte en un problema. Moverse un poco está bien, pero moverse mucho está resultando letal para la supervivencia de los ecosistemas. Cortar leña es útil para calentarse, pero si se corta demasiada tal vez desaparezca el bosque del que se sacaba la leña. Hoy la movilidad, la extracción de materiales, el exceso de producción y buena parte de la agricultura industrial están incapacitando progresivamente a la biosfera para que pueda seguir dando cobijo al ser humano.

Lo que era bueno en un mundo abundante puede convertirse en malo en un mundo esquilmado y escaso. Lo que era insignificante o indiferente en un planeta sano puede ser muy perjudicial para un planeta enfermo. El cáncer es el crecimiento en exceso de determinadas células. Tal vez el llamado desarrollo sea un crecimiento en exceso.

Estamos presos de nuestra propia cultura, de nuestra manera de entender el mundo, de las categorías mentales con las que organizamos la percepción. Somos hijos e hijas de los supuestos que aprendimos heredados de la primera industrialización.

Al igual que el elefante adulto del circo permanece atado a un minúscula estaca porque aprendió de pequeño que no se podía mover, así permanecemos atados a las categorías culturales y mentales que aprendimos cuando la industrialización era pequeña en magnitud y todavía no era suficientemente destructora. Cuando una categoría cultural o esquema mental funciona tiende a reforzarse. Sin embargo una vez que se ha reforzado resulta muy difícil desprenderse de ella aunque en la práctica resulte incorrecta o contraproducente. Si se desprendiera de su mirada aprendida de pequeño el elefante podría darle una patada a la estaca. Nosotros y nosotras también.

Se denomina efecto borde al fenómeno que nos hace incapaces de ver un cambio sustancial debido a que se ha alcanzado mediante pequeños incrementos. La rana se muere incapaz de apreciar los cambios cuando se calienta poco a poco el caldero en el que se encuentra. Una persona entra en un concesionario de coches con la idea de comprarse un modelo que, aún con esfuerzo, se ajuste a sus ingresos económicos. El vendedor, conocedor de este efecto, le va proponiendo pequeñas mejoras (llantas, climatizador, tapicería, etc.) y cuando ya la tiene convencida le dice: “claro que por un poco más puede usted llevarse un modelo superior, que ya es un verdadero coche”. “Un pequeño esfuerzo más y tengo un verdadero coche”, piensa la persona compradora. Finalmente sale del concesionario un poco preocupada, pero satisfecha. Acaba de comprar algo que no había previsto y que sin embargo no podrá pagar o le mantendrá atado durante los próximos cinco años. “Por un poco más”. Los pequeños incrementos han impedido ver la modificación en términos absolutos. Es posible que tenga que vender el coche para comprar la gasolina.

Poco a poco, pero cada vez a mayor velocidad, se ha ido destruyendo la base biológica sobre la que poder vivir. La capacidad de carga de la Tierra ha sido traspasada, pues hemos pasado de vivir del interés a esquilmar el capital natural.





Los pequeños incrementos han hecho posible que cambios enormes pasaran casi desapercibidos. El efecto borde ha dificultado ver el balance global en muchas de las variables imprescindibles para la vida.

A menudo las categorías culturales y mentales alcanzan un campo de visión pequeño y nos impiden ver la totalidad. Cuentan de un borracho que buscaba desesperado las llaves perdidas alrededor de una farola. Un pareja que pasaba por allí le animó a que buscara más lejos, por ejemplo debajo de los coches aparcados o entre los contenedores y él contestó que no, pues allí no había bastante luz. En ocasiones las categorías culturales se quedan cortas. Sólo dejan ver la parte de la realidad que enfoca la farola. Se mira sólo en el campo que queda delimitado por la categoría. Por eso muchas personas piensan que las ciudades de la India son más sucias que las europeas. Simplemente contabilizan la suciedad que se ve. La basura generada en las urbes europeas, aunque es muy superior, se ve menos.

Mancha y contamina más lejos, más abajo o más arriba. Lo mismo pasa con la higiene compulsiva: mientras limpias tu cuerpo ensucias el planeta con productos químicos, pero esta segunda parte no queda iluminada por la farola. En buena medida esto le pasa a la economía convencional. Sólo permite ver aquello que es comercializado y contabilizado en dinero. Lo que cae fuera de sus cuentas son externalidades: la calidad del suelo, la diversidad biológica, el orden radiactivo, el afecto, la identidad de una comunidad, la vida de quienes tienen poca renta, la de las siguientes generaciones o el trabajo de muchas mujeres, no son aspectos iluminados por la luz de la economía. Y sin embargo desde este estrecho campo de visión, materializado en el PIB o en los indicadores de la bolsa, se elaboran las políticas y se toman las decisiones más importantes de los gobiernos y las empresas.


Muchas de estas categorías mentales operan como supuestos no discutibles. Configuran nuestra cultura sin ser puestas en tela de juicio. Parece fuera de toda duda que la historia siempre va de peor a mejor, que la gente común maneja cada vez más información, que el progreso tecnológico nos va a hacer vivir mejor, que es deseable aumentar la producción, que el desarrollo de los países ricos es bueno para todos los países, que el crecimiento económico nos hará tener menos dificultades. Muchos supuestos fueron instalados en la base de la cultura bastantes años atrás: “creced y multiplicaos”. Otros son más recientes: “lo más importante es la economía” o “el crecimiento económico es un bien”.

Muchas de estas categorías mentales permanecen en nuestros cerebros por inercia aún cuando estén desadaptadas, pero otras han sido y están siendo intencionalmente implantadas. Son funcionales al mantenimiento de los privilegios del poder. Son parte de la ideología dominante.

A estas alturas debería verse como un sinsentido que los gobiernos subvencionen a quienes cambian rápidamente de automóvil. Sin embargo a muchas personas les parece razonable que los fondos públicos se usen para apoyar a las empresas más grandes del planeta porque esto sirve, dicen, para mantener los puestos de trabajo. Las empresas más grandes del planeta sin embargo son las que proporcionalmente menos mano de obra acogen, por eso, entre otras cosas, son las más grandes. Puestos a subvencionar empleos, los fondos podrían destinarse por ejemplo a la recuperación de ecosistemas imprescindibles o la producción artesanal, más intensivas en mano de obra que las cadenas de montaje.

Del mismo modo carece de toda lógica que cada mañana se crucen en las carreteras camiones de galletas en recorridos opuestos de muchos kilómetros. Desde un punto de vista ecológico no tiene sentido realizar estos transportes de larga distancia para poder ingerir unos pocos hidratos de carbono venidos de lejos, en la cocina de tu casa. Un automóvil todo-terreno es una máquina que mueve 2.500 kilos para transportar 90. No parece el colmo de la eficiencia. Sin embargo todas éstas son cosas que se nos antojan normales.

No da igual aficionarse a correr en rallies que hacer puenting (tirarse desde un puente con una cuerda semielástica). Para la cultura normal son dos maneras de hacer deporte, dos hobbies, dos formas legítimas de entretenerse. Una cultura de la sostenibilidad, sin embargo, las ve de forma muy diferente. Si bien es cierto que ambas distraen y producen satisfacción poniendo el sistema nervioso al límite, la primera requiere una fuerte cantidad de energía, aísla los ecosistemas, ahuyenta a los animales –a algunos de forma definitiva– produce residuos y contaminación, sólo puede practicarse con una fuerte dependencia tecnológica, es incompatible con que otras personas realicen otras actividades... mientras que la segunda, el puenting, aprovecha una construcción que se ha realizado para otros fines, utiliza la energía del propio cuerpo, apenas contamina y es compatible con la vida de los ecosistemas. Un cambio de gafas hacia una cultura de la sostenibilidad permitiría ver la diferencia. Hoy este cambio cultural es ya una cuestión de supervivencia.

Siguiendo con los ejemplos de gafas con las que comprendemos el mundo, no es lo mismo hablar de producción que hablar de extracción. La economía que se estudia en las universidades y se difunde en los medios de comunicación confunde ambos conceptos. Por eso utiliza denominaciones tales como “países productores de petróleo” o “producción neta de minerales”, cuando en realidad debería decirse “países extractores de petróleo” o “extracción irreversible de minerales”. Extraer lleva a la categoría mental más genérica de restar, mientras que el concepto de producción lleva a la de sumar. Esta confusión es fatal para hacer las verdaderas cuentas del progreso. Una buena parte del progreso no es otra cosa que sustraer los recursos de sus depósitos y esquilmarlos para siempre.


  
El pensamiento único propone la economía como el eje central de percepción y valoración de la realidad y descarta aquello que no se traduce en beneficios monetarios, que para este reducido campo de visión son externalidades. Lo que la economía llama externalidades muchas veces son, desde el punto de vista de la cultura de la sostenibilidad, las cosas esenciales o centrales. El trabajo de reproducción de la naturaleza es marginal en la economía, excepto cuando se le puede sacar provecho comercial, sin embargo nos abre la posibilidad de seguir viviendo. El trabajo de muchas mujeres del planeta dedicado a la alimentación, crianza y cuidado de las personas, no se contabiliza, e incluso puede llegar a no considerarse trabajo o actividad. Los trabajadores asalariados, para la economía convencional, llegan a la puerta de la oficina sanos y alimentados como por arte de magia.

Los indicadores de la economía neoclásica no distinguen entre producción de cosas necesarias y producción de cosas superfluas y con frecuencia dan más valor a las que, además de innecesarias, son contraproducentes desde un punto de vista ecológico. Ir y volver en avión en el día, desde París o Barcelona, para comer con los amigos en Venecia, es valorado por la economía como un signo de buena vida. Sin embargo para una cultura de la sostenibilidad es un signo de muerte. Pero todavía no hemos incorporado las categorías esenciales necesarias para darnos cuenta de ello.




 


Primer capítulo de ‘Cambiar las gafas para mirar el mundo’. 
Yayo Herrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual (Coords.). 
Colección Cartografías del vivir, nº1. Libros en acción.

jueves, 23 de enero de 2014

Quo vadis Europa?

Preocupante. Así podemos calificar la deriva que está tomado la Unión Europea en los últimos días con respecto a sus políticas medio ambientales. Lo que se ha vendido a bombo y platillo como un gran éxito de las aspiraciones ecologistas europeas tiene trampa. Veamos. El pasado miércoles los responsables de Cambio climático y Energía de la UE presentaron los objetivos medio ambientales para los próximos 15 años. En principio todo pintaba bien para los que defendemos una mayor regulación medioambiental: para 2030 las emisiones de los 28 países deberán reducirse un 40% respecto al nivel que tenían en 1990. Además, también proponían que el 27% de la energía producida sea renovable. Lo que parecía una serie de buenas medidas (aunque muy insuficientes a mi parecer) en nombre de salvar el planeta, tiene letra pequeña..

 Por lo que sabemos la UE ha decidido que no se apostará de manera decidida por las renovables. Ese 27% exigido para 2030 compromete al conjunto de la UE, por lo que no habrá objetivos de reducción de emisiones contaminantes para los Estados. Y ya sabemos lo que eso significa conociendo como funciona la Unión Europea. En los próximos años veremos a los distintos Estados miembros disputar entre sí para ver quién debe hacer más para llegar al 27% del conjunto.



Además todo parece indicar que la reducción de un 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero respecto a 1990 será insuficiente. Grupos como Greepeace piden una reducción del 55%, ya que consideran que incluso si no se aplicase ninguna política medioambiental las emisiones caerían en torno al 32% en 2030. 

Por otro lado la UE ha dejado claro que es favorable a que el fracking avance en Europa. Se ha decidido proponer leyes que regulen de una manera vaga el más que posible daño al medio ambiente así como la seguridad durante la extracción de gas esquisto en el controvertido proceso de fracturación de la roca de manera hidáulica, lo que se conoce como fracking. La Comisión insta a los países miembros a que busquen este tipo de gas y anuncia que está estudiando fijar las condiciones políticas y jurídicas para regular el proceso de extracción a la vez que se preserva el medio ambiente, algo que es un absurdo por mucho que se empeñen. Sabemos del riesgo que corren los acuíferos con este tipo de prácticas, por no hablar de la alteración del subsuelo y aumento de riesgo de seímos, todo para obtener una energía costosa en un proceso ineficiente comparado con otros medios sostenibles. Sin embargo todo esto parece no tener importancia al ver como Estados Unidos ha reducido sus costos de energía gracias al fracking. Como si fuese comparable un territorio con el otro.




Durante años Europa ha querido liderar la guerra contra el cambio climático y ha sido en algunos aspectos un ejemplo que deberían seguir muchos otros países. La Unión Europea ha intentado establecer el estándar mundial de regulación climática, el desarrollo de políticas duras sobre emisiones y el impulso de las renovables, pero todo esto parece irse al traste por el persistente debate económico. Las tesis de Gran Bretaña y Francia fundamentalmente (aunque no dudo del papel del actual gobierno español en todo esto) se han impuesto, siempre pensando en los mercados. El insostenible desarrollo económico que propician nuestros líderes cortoplacistas vuelve una vez más a ganar la partida. Ignoran que detrás de este crisis económica hay otras más terrorífica, la energética y la medio ambiental. Esta Unión Europea injusta y egoísta vuelve a ser irrelevante una vez más. Eso sí, dentro de unos meses nos bombardearán con propaganda para elijamos en las urnas a los próceres de la ineficacia y la corrupción. Yo ya tengo claro a quien no votaré.



 


jueves, 19 de septiembre de 2013

Recortes en investigación



 "Este año la investigación era una marioneta cuyos hilos eran manejados por el propio Consejo Mundial. Las naciones occidentales habían alineado sus investigaciones en un gesto hacia la economía de medios. El Consejo Mundial era un animal político. Renfrew tenía la impresión de que la política del Consejo iba encaminada a apoyar los esfuerzos más visibles y muy poco más. El programa del reactor a fusión seguía llevándose la parte del león, pese a que sus progresos eran casi nulos. Los mejores grupos del Cav, como la radioastronomía, habían sido disueltos el año pasado, cuando el Consejo decidió que la astronomía como conjunto era poco práctica y que sus trabajos debían ser suspendidos «hasta nueva orden».  El momento en que esta orden sería dada de nuevo era un extremo que el Consejo eludía sin reparos. La idea general era que en el momento actual de profunda crisis las naciones occidentales tenían que prescindir de sus investigaciones de lujo en beneficio de una concentración hacia los problemas ecológicos y los variados desastres que ocupaban constantemente los titulares de los periódicos. Pero uno tenía que navegar al viento que soplase, Renfrew lo sabía muy bien". 

Fragmento de 'Cronopaisaje', de Gregory Bendford . 1980




miércoles, 16 de enero de 2013

Calentamiento global 2012


La NASA muestra el calentamiento global en 2012, el año más cálido desde que se tienen registros.

http://www.nasa.gov/topics/earth/features/2012-temps.html



Diferencia de temperaturas entre 2008-2012 


Además en New Scientist podemos encontrar un mapa interactivo con más información: