"Durante un millón de años, nuestros antepasados masculinos corren de acá para allá, lanzando piedras a los pichones, persiguiendo a los antílopes pequeños y derribándolos en tierra, orientando a los cazadores e intentando aterrorizar a una piara de jabalíes africanos asustados contra el viento. Imaginad que sus vidas dependen de la habilidad en la caza y del trabajo en equipo. Y los buenos cazadores eran asimismo buenos guerreros. Entonces, al cabo de un largo intervalo – digamos, unos pocos miles de siglos - , muchos niños recién nacidos tendrán una predisposición natural tanto para cazar como para el trabajo en equipo. ¿Por qué? Porque los cazadores incompetentes o indolentes dejan menos descendencia. No creo que el
cómo elaborar una punta de lanza de un trozo de piedra o el cómo emplumar una flecha esté en nuestros genes. Eso se enseña o se descubre. Pero ese placer por cazar apuesto a que está arraigado. La selección natural ayudó a modelar a nuestros antepasados transformándoles en magníficos cazadores.


La prueba más clara del éxito del estilo de vida cazador-recolector es el simple hecho de que se extendió a seis continentes y duró un millón de años. Después de 40.000 generaciones en las que la muerte de los animales era nuestra defensa contra la inanición, esas inclinaciones deben permanecer aún en nosotros. Anhelamos ponerlas en servicio, incluso de modo indirecto. Los deportes de equipo ofrecen una vía para ello.



Alguna parte de nuestro ser ansía sumarse a un pequeño grupo de hermanos en una búsqueda atrevida e intrépida. Las tradicionales virtudes masculinas – taciturnidad, resolución, modestia, firmeza de carácter, profundo conocimiento de los animales, amor por los espacios abiertos- eran todas conductas adaptativas en épocas de caza-recolección. Aún admiramos estos rasgos, aunque hemos casi olvidado el por qué.



Además de los deportes, hay pocas salidas disponibles. En nuestros adolescentes varones aún podemos reconocer al joven cazador, al aspirante a guerrero, que salta tejados de viviendas, que conduce sin casco una motocicleta, que arma jaleo por su equipo en una fiesta que celebra la victoria.



Pienso en cuán poderosos son esos instintos de caza, y lo lamento. Presiento que el fútbol es insuficiente para el moderno cazador-recolector, cubierto con su abrigo, uniforme o traje de sastre. Pienso en aquella antigua herencia de no expresar nuestros sentimientos, de mantener una distancia emocional respecto a aquellos a quienes matamos, y así se pierde algo de la diversión del juego.


Los cazadores-recolectores no suponían generalmente un peligro para sí mismos: porque sus economías tendían a ser saneadas, porque al ser nómadas, tenían pocas posesiones, casi nada de hurto y poca envidia; porque la arrogancia y la codicia eran no sólo males sociales, sino también cercanos a las enfermedades mentales; porque las mujeres tenían poder político real y tendían a ser una influencia estabilizadora y suavizante ante los muchachos que comenzaban a ocuparse de sus flechas envenenadas; y porque, cuando se cometían delitos graves –digamos, asesinato- el grupo colectivo hacía justicia y castigaba al culpable. Los cazadores-recolectores organizaron
democracias igualitarias. No tenían jefes. No existía jerarquía política o corporativa alguna con la que soñar en trepar y medrar. No había nadie contra quien rebelarse.


Así que, si nos hemos quedado colgados a cientos de siglos de donde deberíamos estar -si, aunque no sea culpa nuestra, nos encontramos en una era de armas nucleares, con emociones pleistocénicas pero sin los salvavidas sociales del Pleistoceno-, quizá se nos pueda disculpar por ser un poco forofos del fútbol"



Cómo nació el deporte, Carl Sagan, 1988.




Nota: "El hermano pequeño de la guerra" es como
se referían al deporte algunas tribus indias como los cheroquis.


Final Eurocopa 2008: Alemania - España. Domingo 29 de junio a las 20:45..

Prepararos, teutones. Esto es la guerra.



Actualización 30/06/08:

Titular en todos los medios españoles: España gana la mejor Eurocopa de la historia, convirtiéndose en el segundo mejor equipo en la historia del torneo, precisamente detrás de los teutones... Después de conocer este dato, no entiendo nuestro pesimismo antropológico.


Desde este espacio -que está perdiendo los papeles- mi enhorabuena a Urkullu, Puigcercós y Tardá.. os podéis meter los cohetes que teníais preparados para celebrar la derrota de España por el armario de atrás... Y también al timorato alcalde de Barcelona, que se negó a poner una pantalla gigante para ver el partido cuando sí la pone cuando vienen los del Chelsesa. Me pregunto, ¿tanto necesita el Real Madrid a Cristiano Ronaldo? ¿No es infinitamente mejor Cesc Fábregas? ¿Por qué el barça no ha llegado más lejos estos últimos años con esos dos portentos que son Xavi e Iniesta? ¿Quién dijo que Marcos Sena no tenía sitio en esta selección? Y sí, creo que lo mejor que hizo Fernando 'the kid' Torres fue irse al Liverpool.. Y ahora entiendo lo del "Sabio de hortaleza.
Mi reconocimiento, Luís. Nos has dado una lección a todos. Gracias.




cazadores-recolectores levantando la presa


“Yo he aprendido de mis maestros árabes a tomar la razón por guía; tú te contentas con seguir atado a la cadena de una autoridad basada en fábulas, porque ¿qué otro nombre se puede dar a la autoridad más que el de cadena? Igual que los animales estúpidos son conducidos por una cadena, y no saben a dónde ni por qué se les conduce, pues se limitan a seguir la cadena que los sujeta, así la mayoría de vosotros estáis prisioneros de la credulidad animal y os dejáis conducir encadenados hasta creencias peligrosas, llevados por la autoridad de lo que está escrito”.


El inmovilismo de la enseñanza tradicional sobre la ciencia árabe.
Adelardo de Bath (1075- 1160)




Durante más de mil años los hispanomusulmanes guardaron en sus bibliotecas algunos de los textos científicos griegos, indios y árabes más importantes que se habían escrito hasta entonces. Fue por el 1120, cuando el monje inglés Adelardo de Bath, poniendo en riesgo su vida, decide asistir a las escuelas de Córdoba haciéndose pasar por un estudiante hispano-árabe, para hacerse con una copia de los Elementos de Euclídes. Gracias a esta operación de espionaje científico esta obra fue conocida en el resto de Europa.


Además de su trabajo como traductor de los Elementos al latín, tradujo también las tablas de al-Jwārizmī y una Introducción a la astronomía árabe. Escribió un tratado sobre el ábaco y otro sobre el astrolabio. Como filósofo escribió obras donde se cuestionaba la forma de la Tierra (que él creía redonda), así como preguntas sobre la gravedad (¿cuánto caería una roca si se lanzase por un agujero que atravesase la Tierra?) o sobre por qué la materia no puede ser destruida.
Adelardo de Bath transmitió la idea de que de los árabes se aprende la ciencia moderna bajo la guía de la razón. Es por todo esto y mucho más por lo que se considera a Adelardo de Bath como el primer científico inglés.

Más informacion:

Adelardo de Bath
Adelard of Bath - biographie


Esta pregunta, que muchos comenzamos a hacernos, es el título del interesante artículo publicado en The Atlantic por Nicholas Carr, Is google making us stupid?. Os traigo, a modo de collage, algunos pasajes que he traducido (no literalmente), que plantean cuestiones muy interesantes. Nos dice Carr:


Ya no pienso de la manera que solía hacerlo. Antes me resultaba muy fácil recogerme en la lectura de un libro o un artículo. Mi mente quedaba atrapada durante horas en la narrativa y en los giros argumentales. Ahora rara vez ocurre. A partir de dos o tres páginas mi concentración comienza a ir a la deriva. Pierdo rápidamente el hilo y tengo que dejarlo. Lo que solía ser algo natural para mí, la lectura profunda, ahora se ha convertido en una lucha.


Creo saber lo que me está pasando. Desde hace más de una década, he estado pasando la mayor parte de mi tiempo conectado a la red, buscando y surfeando. La red ha sido un chollo para mí como escritor. La investigación que antes requería días y días entre pilas de periódicos en las salas de las bibliotecas, ahora la puedo realizar en pocos minutos desde casa. Unas pocas de búsquedas en Google, algunos clics en los enlaces, y tengo a mi alcance todo lo que necesito. A veces lo uso para buscar videos, potcast, entradas de blogs, o simplemente para ir saltando de enlace a enlace.



La red se está convirtiendo en el medio universal, el conducto para la mayoría de la información que circula. Pero la sensación que tengo es que el proceso de mi pensamiento está cambiando, mi mente comienza a esperar recibir la información de la manera que se distribuye en internet. Muchos de mis amigos dicen estar teniendo experiencias similares. Ya no acaban los libros. “Prácticamente tengo perdida mi capacidad de leer y de absorber un artículo”. “Ya no puedo leer Guerra y Paz”. Incluso una entrada en un blog de más de dos o tres párrafos es demasiado extensa para absorberla.



Según algunos expertos, nuestros pensamientos están adquiriendo la capacidad de escanear rápidamente breves pasajes de texto desde múltiples fuentes de internet. En poco tiempo aparecerán los primeros estudios psicológicos y neurológicos sobre cómo nos está afectando a nivel cognitivo. Algunos ya hablan de una actividad en continuo salto entre fuentes de información. No podemos leer más de una o dos páginas, cuando ya estamos saltando a otro sitio
.


Nuestro cerebro es casi infinitamente maleable. Todos solemos creer que esa malla de conexiones formada por 100 mil millones de neuronas queda fijada al llegar a la edad adulta. Pero recientes investigaciones han descubierto que no es así. Según expertos, incluso en los adultos la mente es muy ‘plástica’. El cerebro tiene una gran capacidad de reprogramarse sobre la marcha alterando algunas funciones.


Nietzsche ya experimentó algo parecido cuando comenzó a utilizar la máquina de escribir. Al parecer, el empleo de la máquina produjo un cambio en su estilo de escritura, convirtiéndose su prosa en algo más ‘telegráfica’, cambiando de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, de la retórica al estilo telegrama. Nietzsche respondió a un amigo que destacó este hecho: “Usted tiene razón. Nuestro medio de escritura participa en la formación de nuestros pensamientos".

[...]

El artículo de Carr no es tanto contra el buscador de google, sino contra el hecho que cuanto más nos introducimos en la red, más nos cuesta centrarnos en los textos que profundicen sobre un tema. Lo que se lleva, sobretodo en el mundo de los blogs, son textos breves y concisos con enlaces para que el lector pueda ampliar la información. Buscamos la inmediatez. Y Carr no es el único que piensa que una herramienta como el buscador de google, en su intento por organizar la información de todo el planeta y hacerla universalmente accesible, nos está haciendo estúpidos. Como decía Gideon Haigh en su ensayo sobre el tema:


Nos hemos obsesionado con mirar todo el universo como información que tiene que estar enlazada y rankeada. Nos hemos concentrado en cantidad y conveniencia a cuestas de la riqueza de la experiencia en la biblioteca. Estamos cometiendo un error tremendo. Pero lo haremos de todas formas. Las condiciones están dadas y son ideales. Han pasado trece años desde que Neil Postman decidió que Estados Unidos y el Occidente se convertirían en una “tecnópolis”: un estado donde la cultura busca su fundamento en la tecnología, halla la satisfacción en la tecnología y acepta ordenes de la tecnología. Es difícil concebir eso sin pensar en algo llamado la Sociedad Google, convencida de que una red útopica enlazada por gigantes librerías virtuales con todo el conocimiento universal de nuestra civilización. Incluso si eso significa una reducción de la cultura a listados generados por maquina de lo que todo el resto del mundo está buscando. Tan estúpido, que nadie se entera lo estúpido que es.

Otros, sin embargo, son críticos a las teorías de Carr. Algunos afirman que se sienten más inteligentes gracias a google en particular y a internet en general, aunque reconocen alteraciones en su modo de pensar y de escribir. Hablan del desarrollo de la facultad de procesar la información más rápido y de recoger numerosas fuentes de información simultáneamente.

Sea como fuere, internet está cambiando nuestras vidas.


Y todo esto me hace plantear algunas preguntas:

¿Realmente pensáis que esto nos está ocurriendo? ¿Está internet cambiando nuestros cerebros?
¿Nos dirigimos hacia nuevas formas de conocimiento?
¿Nos estamos haciendo cada día más estúpidos usando buscadores, en vez de tomarnos un tiempo para investigar? ¿O esto nos está ayudando, permitiendo adquirir más información más rápidamente?

Y añadiría:

¿Si realmente google nos hace más estúpidos, se merece el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades?
¿Os habéis fijado en el estilo tan 'telegráfico' de este post? ¿O debería decir 'internetero'?


Por cierto, ¿habéis leído todo el post?

Siguiendo con la entrada anterior, traigo un excelente documental emitido en el 2002 en La Noche Temática de La2 de Televisión Española. Una producción francesa de 52 minutos de duración realizada por Hannu Puttonen (vaya nombre) y coproducida por ARTE France, ADR Productions, Making Movies junto a Yle TV2, que analiza la revolución que está suponiendo el sistema operativo Linux. En el documental se aborda el nacimiento y desarrollo de este sistema, haciendo al mismo tiempo un retrato de su creador, Linus Torvalds.




www.Tu.tv


Estimado P.


Entiendo tus dudas sobre estas herramientas. Nuestra sociedad se está caracterizando por cambios radicales en todos los sectores. Y en el campo de la informática, y especialmente en el ámbito del software, linux está siendo toda una revolución de los modelos ya existentes. Una revolución silenciosa. Así que si te parece bien, utilizaré este medio para romper en parte ese silencio.


Para empezar te hablaré de programas. Imagina que un programa informático es como una receta de cocina. En esa receta encontrarás desde los ingredientes y las cantidades, hasta cómo proceder para combinar esos ingredientes y obtener un digno resultado final. Bien. Ahora imagina que esa receta que tu tienes no puedes modificarla: no puedes cambiar los ingredientes, ni las cantidades, ni el procedimiento. Si resulta además que tu receta es realmente excelente y te apetece pasármela para que yo intente hacerla, tampoco te está permitido: si lo hicieras podrías ir directo a la cárcel. ¿Te parece esto libertad? Pues eso mismo es lo que ocurre con nuestros programas informáticos.


A finales de la década de los sesenta, la mayoría de las empresas que se dedicaban al sector informático eran fundamentalmente fabricantes de ordenadores. Fabricantes que no valoraban el software (programas) que sus máquinas incorporaban, apenas unas cuantas aplicaciones junto a algún tipo de sistema operativo. Podemos considerar que un sistema operativo es aquel programa encargado de la administración de los recursos del sistema, programas como MS Windows o Linux. Diremos por tanto que a finales de los setenta la informática se encontraba en un momento en el que el software no tenía valor por sí mismo ya que lo que importaba era la máquina física. En aquella época los estudiantes e investigadores tenían libre acceso al código fuente de los programas que manejaban, esto es, las líneas de código escritas en algún lenguaje de programación, y se servían de esta accesibilidad al núcleo de los programas para poder estudiarlos y mejorarlos en beneficio de toda la comunidad.


Es por entonces cuando los Laboratorios Bell deciden diseñar un sistema operativo que fuese de fácil mantenimiento y que diera una buena gestión a los recursos, así como una alta portabilidad. Esto supondrá el nacimiento de lo que se conocerá como sistema operativo Unix. En poco tiempo Unix obtiene una gran popularidad y aquellas empresas que antes habían dado muy poco valor al software empiezan a tomar conciencia del gran error que habían cometido: el software podía ser rentable. Así, IBM deja de dar el código fuente de su sistema operativo, y a finales de los setenta Digital Research empieza a vender el suyo. Comienza por tanto la era del software privativo.


El entorno se irá cerrando cada vez más a partir de entonces. Y es aquí donde aparece la figura de Richard Stallman, trabajador por entonces en el MIT, que oponiéndose a todo lo que estaba ocurriendo decide iniciar un gran proyecto con el propósito de conseguir abrir otra vez el código fuente de los programas. Este proyecto será GNU. En el primer manifiesto de GNU, Stallman explica a toda la comunidad en qué consiste el proyecto, cómo lo orientará y los motivos que le han llevado a crearlo. Se habla por primer vez del concepto de software libre.


Aunque solemos confundir software libre con software gratuito, debemos tener muy claro que software libre son aquellos programas de los cuales podemos conseguir su código fuente, podemos estudiarlo, podemos modificarlo y podemos redistribuirlo, sin que nos obliguen a pagar por ello. Podemos pedir el dinero que queramos por los programas y su código, por su soporte, por los libros que vendamos al respecto, o el material que proporcionemos, como cd’s. Sin embargo no podemos impedir a los usuarios que distribuyan lo que les hemos vendido. Este proyecto (o filosofía) considera cuatro libertades fundamentales:

  1. Libertad para poder usar el programa para cualquier propósito.
  2. Libertad para estudiarlo y adaptarlo a nuestras propias necesidades.
  3. Libertad para distribuir libremente copias, ayudando al vecino.
  4. Libertad para mejorar el programa y hacer públicas las mejoras.

El proyecto GNU comienza a producir software en 1984, con el propósito último de crear su propio sistema operativo y aplicaciones, y teniendo siempre la vista puesta en crear algo similar al sistema Unix que tan buenos resultados estaba dando. Entre las propuestas que aparecen destaca la de un profesor de Holanda, Andrew Tanenbaum, que decide escribir un sistema operativo para que sus estudiantes pudieran investigar y modificar. El nuevo sistema operativo se llamaría Mini Unix, más conocido como Minix, una pequeña joya para el estudio y el diseño, pero de muy difícil implementación en entornos reales.

Y es entonces cuando entra en escena Linux.

En agosto de 1991, un estudiante de la Universidad de Helsinki, Linus Torvalds, anuncia en una lista de noticias que había creado su propio núcleo de sistema operativo y lo ofrecía a toda la comunidad para que lo probaran y sugirieran mejoras para hacerlo más utilizable. Éste sería el origen del núcleo (kernel) del sistema operativo conocido como Linux. La idea de Linus Torvalds era crear un sistema Unix para el ordenador personal y, a diferencia de la mayoría de los sistemas operativos del mercado que tienen como objetivo que únicamente el software original pueda ser instalado legalmente en los equipos, desde un principio Linus se interesará en presentarlo bajo una licencia que permita su libre uso y distribución, haciendo así realidad el proyecto de Stallman de desarrollar un sistema operativo libre. Podemos decir por tanto que Linux es el exponente más conocido del software libre. Cuando adquirimos una versión de Linux, tenemos acceso a su código, podemos modificarlo a nuestro antojo, podemos adaptarlo, podemos enriquecerlo, y podemos hacer copias para nuestros vecinos. No se nos considerará ‘piratas’ por hacer todo esto, ni tendremos que ir a la cárcel durante unos pocos años. Linux es probablemente el proyecto software más grande que jamás se ha hecho, un proyecto desarrollado por miles de personas de distintas partes del mundo unidas con el fin común de desarrollar un nuevo software, libre.


Otro día podemos seguir hablando de todo esto. Podemos hablar, por ejemplo, sobre cómo las administraciones públicas son cada día más conscientes del potencial del software libre, de los bajos costos que supone, y de por qué la sociedad debería exigir que el dinero de los impuestos no vayan a parar a manos de unas cuantas empresas en situación de monopolio. Vale.


La sede neoyorquina de Christie’s va a realizar durante estos próximos días una subasta de libros y documentos científicos de personajes como Galileo Galilei, Albert Einstein, Isaac Newton, Charles Darwin, entre otros, recopilados desde comienzos de los años 70 por el doctor y astrónomo aficionado Richard Green. De todas las obras que se pondrán a la venta, destaca una primera edición de la obra “De revolutionibus", del astrónomo polaco Nicolás Copérnico, que podría superar el millón de dólares. No obstante, los expertos de Christie´s calculan que las ventas totales del próximo martes podrían superar los 6 millones de dólares.

Además de esta primera edición de la que se considera la obra científica más importante del siglo XVI, también destaca un atlas de Andreas Cellarius de 1660, que rondaría entre los 100.000 dólares, así como una colección de 130 manuscritos de Albert Einstein, valorada en unos 200.000 dólares. Entre las piezas sobresalientes de la colección de Green también hay una primera edición del primer listín telefónico que se confeccionó dos años después de la invención del teléfono, o una primera edición de la obra de Karl MarxEl Capital”.


Desconozco la historia particular de cada una de estas obras que se subastarán en Christie´s, pero estoy seguro que en algún caso no será distinta a la de otras tantas obras de grandes genios que, tras desaparecer en alguna librería polvorienta durante siglos, un buen día son descubiertas de la manera
más insólita.

Otras obras se pierden para siempre. Sabemos por ejemplo, que en los estantes de la Gran Biblioteca de Alejandría existían obras desconocidas de las que sólo tenemos algunas referencias, como un texto del astrónomo Aristarco de Samos quien sostenía que la Tierra es uno de los planetas, que orbita el Sol como ellos, y que las estrellas están a una enorme distancia de nosotros. O una Historia del Mundo en tres volúmenes, escrita por un sacerdote babilonio, y que asignaba al Diluvio una duración de 432.000 años, cien veces más que la cronología del Antiguo Testamento.


Acerca de libros y bibliotecas, Carl Sagan nos decía en su maravillosa obra ‘Cosmos’:

"Cuando nuestros genes no pudieron almacenar toda la información necesaria para la supervivencia, inventamos lentamente los cerebros. Pero luego llegó el momento, hace quizás diez mil años, en el que necesitamos saber más de lo que podía contener adecuadamente un cerebro. De este modo aprendimos a acumular enormes cantidades de información fuera de nuestros cuerpos. Según creemos somos la única especie del planeta que ha inventado una memoria comunal que no está almacenada ni en nuestros genes ni en nuestros cerebros. El almacén de esta memoria se llama biblioteca".


Sagan también nos recordaba el valor de un libro:

"Por el precio de una cena modesta uno puede meditar sobre la decadencia y la caída del Imperio romano, sobre el origen de las especies, la interpretación de los sueños, la naturaleza de las cosas. Los libros son como semillas. Pueden estar siglos aletargados y luego florecer en el suelo menos prometedor".

Para finalizar haciéndonos reflexionar sobre el espacio y el tiempo...


"Las grandes bibliotecas del mundo contienen millones de volúmenes, el equivalente a unos 1014 bits de información en palabras, y quizás a 1015 en imágenes. Esto equivale a diez mil veces más información que la de nuestros genes, y unas diez veces más que la de nuestro cerebro. Si acabo un libro por semana sólo leeré unos pocos miles de libros en toda mi vida, una décima de un uno por ciento del contenido de las mayores bibliotecas de nuestra época. El truco consiste en saber qué libros hay que leer".


Fuente: NYT Science
Para ver el catálogo de la subasta de Christie´s : NYT


Visto en El País

La Comisión Europea de Cultura aprobó el pasado 3 de junio una resolución en la que aboga por un marco regulador para las bitácoras. En él se contempla un "etiquetado voluntario" que informe sobre la identidad del autor, sus intereses políticos o sociales y la responsabilidad social de éste. La resolución, que se enmarca en el Informe sobre la concentración y el pluralismo de los medios de comunicación en la Unión Europea, será debatida en el Parlamento Europeo el próximo mes de septiembre.

"La enmienda es una cuestión voluntaria. En Internet no existe la seguridad de que la información sea cierta", asegura la eurodiputada socialista María Badía quien considera que "el exceso de información" es una de las causas que promueven la intoxicación de la Red. De ahí, que constituir un censo voluntario de bloggers pueda generar un efecto de confianza en el lector: "ya que tenemos un exceso de información, se intenta procurar que los usuarios puedan saber quienes son las fuentes", argumenta Badía.



Entiendo que esto supondrá el fin del anonimato en la Red. Y no creo que por conocer la identidad de la fuente de información ésta sea más fiable. ¿Cuántos periodistas, comentaristas o tertulianos (por no hablar de políticos) no conocéis que no ofrecen ningún tipo de confianza? La "confianza" se basa en la reputación del blogger, no en su identidad. Gracias a nuestros salvadores de la Comisión Europea de Cultura (miembros y miembras) a partir de ahora estaremos más protegidos de los peligros de la Red, peligros como la libertad de expresión o el derecho a leer.


Actualización 12/06/08:

La SGAE pone contra las cuerdas a un blogger. Visto en El País.

Visto para sentencia el juicio entre la SGAE (Sociedad General Autores y Editores) y el blogger Julio Alonso, por publicar en 2004 un post en su blog titulado SGAE=Ladrones. Según la SGAE, el blogger es responsable de todo lo que se publica en su blog: las entradas propias del autor del blog, los comentarios y los enlaces. Según el demandado, un blog no es un medio de comunicación y por tanto no se puede aplicar la Ley de Prensa.

Si la SGAE gana el juicio, como parece que va a ocurrir, se creará un precedente. Por tanto, a partir de ahora, si vuestros blogs se llenan de comentarios ofensivos por parte de algún troll, vosotros seréis los responsables.


En el futuro es posible que los ordenadores no pesen más de 1,5 toneladas.

Popular mechanics, 1949


Veo poco potencial comercial en Internet, al menos durante diez años.
Bill Gates, 1994


El problema de los virus es pasajero. En un par de años estará resuelto.
John McAfee, 1988


En dos años el problema del spam se habrá resuelto.
Bill Gates, 2004


Los virus informáticos son una leyenda urbana.
Peter Norton, 1988


No sé cómo será el lenguaje del año 2000, pero sé que se llamará Fortran.
C. A. Hoare, 1982


Antes de que el hombre alcance la luna, el correo será enviado en unas horas desde Nueva York a California, Inglaterra, India o Australia con misiles guiados. Estamos en la era del misil-correo.
Arthur Summerfield, 1959, Correos de los Estados Unidos


¿Internet? No estamos interesados en eso.
Bill Gates


En estos días estoy enfrascado en la lectura de "El Sistema Periódico", de Primo Levi, químico y escritor judío superviviente del campo de concentración de Auschwitz. No me resisto publicar aquí uno de los fragmentos que más me han impresionado de esta obra publicada en 1975, formada por 21 relatos cortos llevando cada uno por título el nombre de un elemento químico, donde se entremezclan pasajes autobiográficos con otros de ficción. Seguro que este fragmento no os deja indiferentes..



Cerio

El hecho de que yo, un químico metido a escribir aquí mis historias de químico, haya vivido una etapa distinta, es algo que ya he contado en otra parte.

A treinta años de distancia, me resulta difícil reconstruir el tipo de ejemplar humano que pudiera corresponder, en noviembre de 1944, a mi nombre, o mejor dicho a mi número: el 174517. Debía haber superado la crisis más dura, la de haber entrado a formar parte de la orden del Lager, y debía haber desarrollado también un peculiar encallecimiento, si lograba por entonces no sólo sobrevivir sino además pensar, registrar el mundo que me rodeaba y hasta llevar a cabo un trabajo bastante delicado, en un ambiente como aquel infectado por la presencia cotidiana de la muerte y al mismo tiempo abocado al frenesí a causa del avecinamiento de los rusos salvadores, que ya estaban a ochenta kilómetros de nosotros. La desesperación y la esperanza se alternaban con un ritmo que en una hora habría arrancado de cuajo a cualquier persona normal.

Nosotros no éramos personas normales porque teníamos hambre. Nuestra hambre de entonces no tenía nada que ver con la sensación bien conocida —y no del todo desagradable— de quien se salta una comida y está seguro de que la siguiente no le va a faltar: era una necesidad, una carencia, un yearning, que ya llevaba un año haciéndonos compañía, había echado en nosotros raíces profundas y permanentes, vivía en todas nuestras células y condicionaba nuestro comportamiento. Comer, buscar algo de comer, era el estímulo número uno, detrás del cual, a mucha distancia, seguían todos los otros problemas de supervivencia, y todavía más lejos los recuerdos de la casa y el miedo mismo a la muerte.

Era químico en un establecimiento químico, en un laboratorio químico (también esto lo he contado ya), y robaba para comer. Si no empieza uno de niño, aprender a robar no es cosa fácil; me habían sido precisos varios meses para reprimir los principios morales y para adquirir las técnicas necesarias, y hasta cierto punto me había dado cuenta (con un atisbo de risa y una punta de ambición satisfecha) de que estaba viviendo, yo, un honrado doctorcillo en química, la involución-evolución de un famoso perro no menos honrado, un perro victoriano y darwiniano que, al ser deportado, se vuelve ladrón para poder vivir en su «Lager» del Klondine, el gran Buck de La llamada de la selva. Robaba como él y como los zorros, siempre que se presentaba la ocasión propicia, pero con una astucia cazurra y sin exponerme. Robaba de todo menos el pan de mis compañeros.

Precisamente, desde el punto de vista de las sustancias susceptibles de ser robadas con provecho, aquel laboratorio era un terreno virgen, completamente por explorar. Había gasolina y alcohol, presas banales e incómodas. Muchos las cogían de diferentes puntos del taller, la oferta era alta como alto era también el riesgo, porque para los líquidos hacen falta recipientes. Existe el grave problema del empaquetado, que ningún químico medianamente experto desconoce. También lo conocía el Padre Eterno, que lo resolvió brillantemente, a su manera, a base de las membranas celulares, la cascara de los huevos, la múltiple envoltura de las naranjas, y nuestra piel, porque al fin y al cabo líquido somos también nosotros. Ahora bien, en aquel tiempo no existía el polietileno, que me habría venido muy bien por ser, como es, flexible, ligero y maravillosamente impermeable. Claro que también es demasiado incorruptible, y no en vano el mismísimo Padre Eterno, a pesar de ser maestro en polimerización, se abstuvo de patentarlo. A El las cosas incorruptibles no le gustan.

A falta de los materiales de embalaje adecuados, la presa ideal tenía, por lo tanto, que ser sólida, no perecedera, manejable, y sobre todo nueva. Debía poseer un alto valor unitario, es decir no ser voluminosa, porque muchas veces éramos cacheados a la entrada del campo, después del trabajo. Y finalmente tenía que ser útil, o cuando menos apetecible para alguna de las clases sociales que componían el complicado universo del Lager.

Había hecho varios intentos en el laboratorio. Había sustraído algunos centenares de gramos de ácidos grasos, trabajosamente obtenidos mediante oxidación de la parafina por algún colega mío del otro lado de las barricadas. Me había comido la mitad y realmente saciaban el hambre, pero tenían un sabor tan desagradable que renuncié a vender el resto. Había probado a hacer frituras con algodón hidrófilo, manteniéndolo apretado contra la plancha de un hornillo eléctrico. Sabían vagamente a azúcar quemado, pero tenían una presentación tan mala que no me parecieron rentables. En cuanto a vender directamente el algodón en la enfermería del Lager, lo intenté una vez, pero abultaba mucho y se cotizaba poco. Hice esfuerzos también por ingerir y digerir la glicerina, basándome en el razonamiento simplista de que, siendo ésta un resultado de la escisión de las grasas, también de alguna manera debe poder ser meta-bolizada y proporcionar calorías; y puede que las proporcionara, pero era a expensas de molestos efectos secundarios.

Había un tarro misterioso sobre uno de los estantes. Contenía una veintena de pequeños cilindros grises, duros, incoloros e insaboros, y no llevaba etiqueta. Esto era muy raro porque aquello era un laboratorio alemán. Sí, de acuerdo, los rusos estaban a pocos kilómetros, la catástrofe se mascaba en el aire, como algo casi visible; había bombardeos a diario y todo el mundo sabía que la guerra estaba a punto de acabar. Pero, en fin, algunas constantes tienen que mantenerse, a pesar de todo, y entre ellas estaba la de nuestra hambre, la de que aquel laboratorio era alemán y la de que los alemanes no se olvidan nunca de pegar las etiquetas. De hecho, todos los otros tarros y botellas del laboratorio llevaban su etiqueta bien clara, escrita a máquina, o a mano en preciosos caracteres góticos. Sólo aquel tarro no llevaba ninguna.

En aquellas circunstancias, no podía disponer yo, naturalmente, del equipo de trabajo y de la serenidad necesarios para identificar la naturaleza de los pequeños cilindros. En el entretanto, me escondí tres en el bolsillo y me los llevé por la tarde al campo. Podrían tener veinticinco milímetros de largo y un diámetro de cuatro o cinco.

Se los enseñé a mi amigo Alberto. Alberto sacó del bolsillo una navajita y probó a hacer una incisión en uno de ellos. Era duro y se resistía a la hoja. Intentó rasparlo; se oyó un pequeño chisporroteo y explotó un haz de chispas amarillas. Llegados a este punto, el diagnóstico estaba claro. Se trataba de hierro-cerio, la mezcla con que se fabrican las piedras corrientes de mechero. ¿Por qué eran tan grandes? Alberto, que durante algunas semanas había trabajado de operario junto a un equipo de soldadores, me explicó que se montan en el extremo de los tubos de oxiacetileno para encender la llama. A aquellas alturas, ya me invadía el escepticismo acerca de las posibilidades comerciales de mi robo; podía servir, todo lo más, para encender fuego. Pero en Lager las cerillas (ilegales) no escaseaban precisamente.

Alberto me reprendió. Para él la renuncia, el pesimismo y el desánimo eran algo abominable y pecaminoso. No aceptaba el mundo del campo de concentración, lo rechazaba por instinto y por razonamiento, no se dejaba contaminar por él. Era un hombre de una voluntad buena y fuerte, y había permanecido milagrosamente libre, como libres eran sus palabras y sus actos. No había humillado la cabeza, ni había plegado la espalda. Un gesto suyo, una palabra o una risa suyas ejercían una virtud liberadora, abrían un agujero en el tejido rígido de Lager, y todos cuantos se acercaban se daban cuenta de ello, incluso los que no entendían su lengua. Creo que nadie, en aquel lugar, fue tan querido como él.

Me riñó. No hay que descorazonarse nunca, porque es perjudicial y por tanto inmoral, casi indecente. Había robado el cerio, ¿no?; pues bueno, ahora se trataba de colocarlo, de lanzarlo. Ya se ocuparía él, lo convertiría en una novedad, en un artículo de alto valor comercial. Prometeo había sido un imbécil dándole el fuego a los hombres, en vez de vendérselo. Habría ganado dinero, aplacado a Júpiter y evitado todo aquel lío del buitre.

Nosotros teníamos que ser más astutos [...]



Fragmento de "El Sistema Periódico", de Primo Levi.



Primo Levi fue novelista, ensayista y científico italiano, superviviente del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau. Levi nació en Turín el 31 de julio de 1919 y estudió química en la universidad de aquella ciudad entre 1939 y 1941.

Se encontraba trabajando en el terreno de la investigación, en Milán, cuando la intervención alemana en el norte de Italia, ocurrida en el año 1943, le empujó a unirse a un grupo judío de la Resistencia. Fue detenido y deportado al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, en el cual sobrevivió desempeñando trabajos de laboratorio para los nazis. Retomó su carrera como químico industrial en 1946 y, al jubilarse en 1974, pudo dedicarse con más intensidad a la literatura. Entre los muchos libros que Levi escribió a lo largo de su vida destacan Si esto es un hombre (1947), que contiene su visión particular de lo inhumano de Auschwitz, La tregua (1958), en el cual describe su largo viaje de retorno a Italia a través de Polonia y Rusia, después de ser liberado, El sistema periódico (1975), un grupo de narraciones cortas en las que utiliza los elementos químicos como metáforas para caracterizar a distintos tipos de personas, y Si no ahora, ¿cuándo? (1982), una obra en la que describe el grupo de la Resistencia al que perteneció, y mediante la cual intenta refutar la idea de la pasividad de los judíos frente al nazismo. Levi se suicidó el 11 de abril de 1987, arrojándose al vacío, por el hueco de la escalera de su casa.



Lecturas recomendadas:
El sueño de Primo Levi, Historias de Talbania (blog)
Si esto es un hombre, Historias de la ciencia (blog)
La tregua, Historias de la ciencia (blog)

Fuente: Primo Levi, epdlp.com

Siempre me ha desconcertado un poco mi incapacidad para resolver acertijos matemáticos, ya que (en el fondo de mi corazón) siento como si esto fuera incompatible conmigo mismo. Por cierto que muchos de mis queridos amigos han intentado la explicación que en lo profundo de mi ser reposa una vena de estupidez hábilmente escondida, pero de alguna manera esta teoría nunca me ha convencido.

Lamentablemente no tengo ninguna otra explicación que dar.

Entonces puede usted imaginarse que cuando me encuentro con un problema para el que puedo encontrar la respuesta, mi corazón canta de alegría. Esto me ocurrió una vez cuando era muy joven, y nunca me he olvidado. Déjeme que le explique con cierto detalle, pues así llegaré adonde deseo llevarlo.

En esencia, el problema es éste. A usted le dan el número que desee de pesas de valores enteros: de un gramo, dos gramos, tres gramos, cuatro gramos, etc. De ellas usted debe elegir un número suficiente para que, sumándolas de manera apropiada, pueda pesar cualquier número entero de gramos desde uno hasta mil. Bueno, entonces ¿cómo se deben elegir las pesas de manera de tener el menor número posible que nos permita lograr lo propuesto?

Yo razoné de esta manera...

Tengo que comenzar con una pesa de 1 gramo, ya que es la única manera de pesar un gramo. Si ahora tomo una segunda pesa de 1 gramo puedo pesar dos gramos usando ambas pesas de 1 gramo. Pero puedo ahorrar pesas si, en lugar de una segunda pesa de 1 gramo tomo una de 2 gramos, pues entonces no solo puedo pesar dos gramos con esta nueva pesa, sino que también puedo pesar tres gramos empleando la de 2 gramos más la de 1 gramo.

¿Cómo sigo? ¿una pesa de 3 gramos, quizá? Eso seria antieconómico, porque tres gramos ya se pueden pesar con las de 2 gramos más la de 1 gramo. De modo que di un paso más y elegí una pesa de 4 gramos. Eso no sólo me dio la posibilidad de pesar cuatro gramos, sino también cinco gramos (4 gramos más 1 gramo), seis gramos (4 gramos más 2 gramos) y siete gramos (4 gramos mas 2 gramos mas 1 gramo).

A esta altura comenzaba a percibir un cierto patrón constante. Si siete gramos era el máximo que podía alcanzar, en el paso siguiente tendría que elegir una pesa de 8 gramos y eso me llevaría hasta quince gramos (8 gramos mas 4 gramos mas 2 gramos mas 1 gramo) pasando por todos los pesos enteros intermedios. El peso siguiente era el de 16 gramos, y ya veía claramente que para pesar cualquier numero de gramos uno tenia que tomar una serie de pesas (empezando con la de 1 gramo), cada una de las cuales fuera el doble de la anterior.

Eso significaba que yo podía pesar cualquier número de gramos desde uno hasta mil mediante diez y solo diez pesas: de 1 gramo, 2 gramos, 4 gramos, 8 gramos, 16 gramos, 32 gramos, 64 gramos, 128 gramos, 256 gramos y 512 gramos. En realidad estas pesas me permitían llegar hasta 1.023 gramos.

Ahora podemos olvidarnos de los pesos y trabajar con números solamente. Usando los números, 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256 y 512 y solo esos, usted puede expresar cualquier otro número hasta el 1.023 inclusive, sumando dos o más de ellos. Por ejemplo, el numero 100 se puede expresar como 64 mas 32 mas 4, el numero 729 se puede expresar como 512 mas 128 mas 64 mas 16 mas 8 mas 1. Y, por supuesto, el 1.023 se puede expresar como la suma de los diez números.

Si agrega usted a esta lista de números el 1.024, entonces puede seguir formando números hasta el 2.047; y si luego agrega el 2.048, puede seguir formando números hasta el 4.095; y si luego agrega...

Bueno, si usted comienza con el 1 y lo sigue duplicando indefinidamente, tendrá usted una sucesión de números que mediante sumas adecuadas le permitirán expresar absolutamente cualquier número finito.

Hasta aquí todo está bien, pero esta sucesión tan interesante de números, 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64,..., parece un tanto desprolija. Seguramente debe haber una forma más prolija de expresarla. Y aquí la tienen.

Olvidémonos por un minuto del 1 y abordemos el 2. Si lo hacemos podemos empezar con la trascendente afirmación que 2 es 2 (¿hay oposición?). Pasando al número siguiente, podemos decir que 4 es 2 por 2. Luego, 8 es 2 por 2 por 2; 16 es 2 por 2 por 2 por 2; 32 es... Pero ustedes ya se dan cuenta.

Así que podemos escribir la sucesión (seguimos ignorando el 1) como: 2, 2 por 2,2 por 2 por 2, 2 por 2 por 2 por 2, etc. En todo esto hay una especie de uniformidad y regularidad agradable, pero todos esos 2 por 2 por 2 nos hacen ver manchas. Por lo tanto, en lugar de escribir todos los números 2, sería conveniente contar cuántos 2 se multiplican empleando el método exponencial.

Así, si 4 es igual a 2 por 2, lo llamaremos 2 2 (dos a la segunda potencia o dos al cuadrado). Lo mismo, si 8 es 2 por 2 por 2, podemos indicar que son tres los números 2 que se multiplican escribiendo 8 como 2 3 (dos a la tercera potencia o dos al cubo). Siguiendo esa línea de razonamiento vemos que 16 es 2 4 (dos a la cuarta potencia), 32 es 2 5 (dos a la quinta potencia), etc. En cuanto al 2 mismo, tenemos un solo número 2 y lo llamamos 2 1 (dos a la primera potencia).

Y algo más. Podemos decidir que 2 0 (dos a la potencia cero) sea igual a 1. (En realidad es conveniente que todo número elevado a la potencia cero sea igual a 1. Así, 3 0 es igual a 1, y también lo son 17 0 y 1.965.211 0 . Pero, por el momento, sólo nos interesa el 2°, y lo tomaremos igual a 1.)

Es decir que en lugar de la sucesión 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64,..., tenemos la sucesión 2°, 2 1 , 2 2 , 2 3 , 2 4 , 2 5 , 2 6 ,... Es la misma sucesión si tenemos en cuenta los valores de sus distintos términos, pero la segunda forma de escribirla es de alguna manera más elegante y, según veremos, más útil.

Empleando estas potencias de 2 podemos expresar cualquier número. He dicho antes que 100 puede expresarse como 64 más 32 más 4. Esto quiere decir que se puede expresar como 2 6 más 2 5 más 2 2 . Del mismo modo si 729 es igual a 512 más 128 más 64 más 16 más 8 más 1, también se lo puede expresar como 2 9 más 2 7 más 2 6 más 2 4 más 2 3 más 2 0 . Y por supuesto que 1.023 es 2 9 más 2 8 más 2 7 más 2 6 más 2 5 más 2 4 más 2 3 más 2 2 más 2 1 más 2 0 .

Pero seamos sistemáticos en esto. Estamos empleando diez potencias distintas del 2 para expresar cualquier número por debajo del 1.024, así que nada nos cuesta construirlos a todos. Si no queremos emplear una cierta potencia en la suma que hace falta para expresar un número dado, entonces basta con que la multipliquemos por 0. Si queremos emplearla, la multiplicamos por 1. Esas son las únicas alternativas: o bien usamos una cierta potencia, o no la usamos; o bien la multiplicamos por 1, o por 0.

Empleando un asterisco para indicar la multiplicación, podemos decir que 1.023 es:

1*2 9 más 1*2 8 más 1*2 7 más 1*2 6 más 1*2 5 más 1*2 4 más 1*2 3 más 1*2 2 más 1*2 1 más 1*2 0 .

Hemos empleado todas las potencias. En cambio, al expresar el 729 tendremos:

1*2 9 más 0*2 8 más 1*2 7 más 1*2 6 más 0*2 5 más 1*2 4 más 1*2 3 más 0*2 2 más 0*2 1 más 1*2 0 .

Y análogamente al expresar el 100 podemos escribir:

0*2 9 + 0*2 8 + 0*2 7 + 1*2 6 + 1*2 5 + 0*2 4 + 0*2 3 + 1*2 2 + 0*2 1 +0*2 0 .

Usted podría preguntar: ¿por qué molestarse en incluir todas esas potencias que después no usa?
Primero usted las escribe y luego las borra multiplicándolas por cero. Sin embargo, la cuestión reside en que si usted las escribe a todas sistemáticamente, sin excepción, luego puede dar por sabido que están allí y omitirlas del todo, quedándose sólo con los unos y los ceros.

Entonces podemos escribir

1.023 como 1111111111;

podemos escribir

729 como 1011011001,

y podemos escribir

100 como 0001100100.

De hecho, podemos ser sistemáticos en todo esto y, recordando el orden de las potencias, podemos usar las diez potencias para expresar todos los números hasta el 1.023 de esta manera:

0000000001 igual a 1
0000000010 igual a 2
0000000011 igual a 3
0000000100 igual a 4
0000000101 igual a 5
0000000110 igual a 6
0000000111 igual a 7,
y así siguiendo hasta
..............................
1111111111 igual a 1.023.

Por supuesto que no tenemos por qué limitarnos nada más que a diez potencias del número 2, podemos tener once potencias o catorce, o cincuenta y tres, o un número infinito. Pero sería bastante cansado escribir un número infinito de unos y ceros solamente para indicar si cada una de las infinitas potencias del 2 se usa o no se usa. Así que se adopta la convención de omitir todas las potencias altas del número 2 que no se usan en un número dado y comenzar por la potencia más alta que sí se usa, continuando a partir de ésa. En otras palabras, no escriba la línea indefinida de ceros que aparecerían a la izquierda. En ese caso, los números se pueden representar como

01
10
11
100
101
110
111
es igual a 1
es igual a 2
es igual a 3
es igual a 4
es igual a 5
es igual a 6
es igual a 7

De esta manera, absolutamente cualquier número se puede expresar como una cierta combinación de unos y ceros, y la verdad es que unas pocas tribus primitivas han empleado un sistema de numeración como éste.

Pero el primer matemático civilizado que lo hizo sistemáticamente fue Gottfried Wilhelm Leibniz, hace cerca de tres siglos. Este se sintió maravillado y gratificado porque razonó que el 1, que representa la unidad, era un símbolo evidente de Dios, mientras que el 0 representaba la nada que, además de Dios, también existía en un principio. En consecuencia, si todos los números pueden representarse simplemente empleando el 1 y el 0, seguramente esto es lo mismo que decir que Dios creó al Universo a partir de la nada.

A pesar de tan terrible simbolismo, esta cuestión de los unos y ceros no causó ninguna impresión en absoluto a los hombres de negocios más prosaicos. Muy bien puede ser una curiosidad matemática fascinante, pero ningún contador va a trabajar con 1011011001 en lugar de 729.

Pero de repente, resulta que este sistema de numeración basado en dos (también llamado “sistema binario”, palabra que proviene del latín binarius , que significa “dos por vez”) es ideal para las computadoras electrónicas.

Después de todo, los dos dígitos diferentes, el 1 y el 0, se pueden equiparar en la computadora con las dos posiciones distintas de una llave dada: “si” (encendida) y “no” (apagada). Hagamos que “si” represente el 1 y “no” represente el 0, entonces, si la maquina contiene diez llaves, el numero 1.023 se puede indicar como si-si-si-si-si-si-si-si-si-si, el numero 729 será si-no-si-si-no-si-si-no-no-si; y el numero 100 será no-no-no-si-si-no-no-si-no-no.


De: De los números y su historia. Isaac Asimov
En una reunión se encontraron dos de los iconos del Siglo XX: Marilyn Monroe y Albert Einstein. Marilyn, que en más de una ocasión dijo que su idea de un hombre sexy era Albert Einstein, aprovechó su encuentro con el genio para hacerle la siguiente sugerencia: "Qué me dice profesor, deberíamos casarnos y tener un hijo juntos. ¿Se imagina un bebé con mi belleza y su inteligencia?" A lo que Einstein le respondió: "Desafortunadamente me temo que el experimento salga a la inversa, y terminemos con un hijo con mi belleza y su inteligencia".


Por lo que parece Einstein tenía la rapidez mental propia de un humorista. Una respuesta que resulta especialmente irónica si tenemos en cuenta que el coeficiente intelectual de Marilyn era superior al de Einstein (164 a 160).

Aprovecharé esta anécdota para mostrar con un curioso efecto óptico. Observa atentamente la siguiente imagen:





Tenemos en un principio la cara de Albert Einstein. Ahora aléjate de la imagen. Antes de llegar a unos cuatro o cinco metros la imagen cambiará. Por cierto, si tienes miopía como yo y usas gafas, es suficiente con que te las quites..

A continuación otra imagen. Nuevamente será necesario que te alejes un par de metros..