Cerio / Primo Levi

En estos días estoy enfrascado en la lectura de "El Sistema Periódico", de Primo Levi, químico y escritor judío superviviente del campo de concentración de Auschwitz. No me resisto publicar aquí uno de los fragmentos que más me han impresionado de esta obra publicada en 1975, formada por 21 relatos cortos llevando cada uno por título el nombre de un elemento químico, donde se entremezclan pasajes autobiográficos con otros de ficción. Seguro que este fragmento no os deja indiferentes..



Cerio

El hecho de que yo, un químico metido a escribir aquí mis historias de químico, haya vivido una etapa distinta, es algo que ya he contado en otra parte.

A treinta años de distancia, me resulta difícil reconstruir el tipo de ejemplar humano que pudiera corresponder, en noviembre de 1944, a mi nombre, o mejor dicho a mi número: el 174517. Debía haber superado la crisis más dura, la de haber entrado a formar parte de la orden del Lager, y debía haber desarrollado también un peculiar encallecimiento, si lograba por entonces no sólo sobrevivir sino además pensar, registrar el mundo que me rodeaba y hasta llevar a cabo un trabajo bastante delicado, en un ambiente como aquel infectado por la presencia cotidiana de la muerte y al mismo tiempo abocado al frenesí a causa del avecinamiento de los rusos salvadores, que ya estaban a ochenta kilómetros de nosotros. La desesperación y la esperanza se alternaban con un ritmo que en una hora habría arrancado de cuajo a cualquier persona normal.

Nosotros no éramos personas normales porque teníamos hambre. Nuestra hambre de entonces no tenía nada que ver con la sensación bien conocida —y no del todo desagradable— de quien se salta una comida y está seguro de que la siguiente no le va a faltar: era una necesidad, una carencia, un yearning, que ya llevaba un año haciéndonos compañía, había echado en nosotros raíces profundas y permanentes, vivía en todas nuestras células y condicionaba nuestro comportamiento. Comer, buscar algo de comer, era el estímulo número uno, detrás del cual, a mucha distancia, seguían todos los otros problemas de supervivencia, y todavía más lejos los recuerdos de la casa y el miedo mismo a la muerte.

Era químico en un establecimiento químico, en un laboratorio químico (también esto lo he contado ya), y robaba para comer. Si no empieza uno de niño, aprender a robar no es cosa fácil; me habían sido precisos varios meses para reprimir los principios morales y para adquirir las técnicas necesarias, y hasta cierto punto me había dado cuenta (con un atisbo de risa y una punta de ambición satisfecha) de que estaba viviendo, yo, un honrado doctorcillo en química, la involución-evolución de un famoso perro no menos honrado, un perro victoriano y darwiniano que, al ser deportado, se vuelve ladrón para poder vivir en su «Lager» del Klondine, el gran Buck de La llamada de la selva. Robaba como él y como los zorros, siempre que se presentaba la ocasión propicia, pero con una astucia cazurra y sin exponerme. Robaba de todo menos el pan de mis compañeros.

Precisamente, desde el punto de vista de las sustancias susceptibles de ser robadas con provecho, aquel laboratorio era un terreno virgen, completamente por explorar. Había gasolina y alcohol, presas banales e incómodas. Muchos las cogían de diferentes puntos del taller, la oferta era alta como alto era también el riesgo, porque para los líquidos hacen falta recipientes. Existe el grave problema del empaquetado, que ningún químico medianamente experto desconoce. También lo conocía el Padre Eterno, que lo resolvió brillantemente, a su manera, a base de las membranas celulares, la cascara de los huevos, la múltiple envoltura de las naranjas, y nuestra piel, porque al fin y al cabo líquido somos también nosotros. Ahora bien, en aquel tiempo no existía el polietileno, que me habría venido muy bien por ser, como es, flexible, ligero y maravillosamente impermeable. Claro que también es demasiado incorruptible, y no en vano el mismísimo Padre Eterno, a pesar de ser maestro en polimerización, se abstuvo de patentarlo. A El las cosas incorruptibles no le gustan.

A falta de los materiales de embalaje adecuados, la presa ideal tenía, por lo tanto, que ser sólida, no perecedera, manejable, y sobre todo nueva. Debía poseer un alto valor unitario, es decir no ser voluminosa, porque muchas veces éramos cacheados a la entrada del campo, después del trabajo. Y finalmente tenía que ser útil, o cuando menos apetecible para alguna de las clases sociales que componían el complicado universo del Lager.

Había hecho varios intentos en el laboratorio. Había sustraído algunos centenares de gramos de ácidos grasos, trabajosamente obtenidos mediante oxidación de la parafina por algún colega mío del otro lado de las barricadas. Me había comido la mitad y realmente saciaban el hambre, pero tenían un sabor tan desagradable que renuncié a vender el resto. Había probado a hacer frituras con algodón hidrófilo, manteniéndolo apretado contra la plancha de un hornillo eléctrico. Sabían vagamente a azúcar quemado, pero tenían una presentación tan mala que no me parecieron rentables. En cuanto a vender directamente el algodón en la enfermería del Lager, lo intenté una vez, pero abultaba mucho y se cotizaba poco. Hice esfuerzos también por ingerir y digerir la glicerina, basándome en el razonamiento simplista de que, siendo ésta un resultado de la escisión de las grasas, también de alguna manera debe poder ser meta-bolizada y proporcionar calorías; y puede que las proporcionara, pero era a expensas de molestos efectos secundarios.

Había un tarro misterioso sobre uno de los estantes. Contenía una veintena de pequeños cilindros grises, duros, incoloros e insaboros, y no llevaba etiqueta. Esto era muy raro porque aquello era un laboratorio alemán. Sí, de acuerdo, los rusos estaban a pocos kilómetros, la catástrofe se mascaba en el aire, como algo casi visible; había bombardeos a diario y todo el mundo sabía que la guerra estaba a punto de acabar. Pero, en fin, algunas constantes tienen que mantenerse, a pesar de todo, y entre ellas estaba la de nuestra hambre, la de que aquel laboratorio era alemán y la de que los alemanes no se olvidan nunca de pegar las etiquetas. De hecho, todos los otros tarros y botellas del laboratorio llevaban su etiqueta bien clara, escrita a máquina, o a mano en preciosos caracteres góticos. Sólo aquel tarro no llevaba ninguna.

En aquellas circunstancias, no podía disponer yo, naturalmente, del equipo de trabajo y de la serenidad necesarios para identificar la naturaleza de los pequeños cilindros. En el entretanto, me escondí tres en el bolsillo y me los llevé por la tarde al campo. Podrían tener veinticinco milímetros de largo y un diámetro de cuatro o cinco.

Se los enseñé a mi amigo Alberto. Alberto sacó del bolsillo una navajita y probó a hacer una incisión en uno de ellos. Era duro y se resistía a la hoja. Intentó rasparlo; se oyó un pequeño chisporroteo y explotó un haz de chispas amarillas. Llegados a este punto, el diagnóstico estaba claro. Se trataba de hierro-cerio, la mezcla con que se fabrican las piedras corrientes de mechero. ¿Por qué eran tan grandes? Alberto, que durante algunas semanas había trabajado de operario junto a un equipo de soldadores, me explicó que se montan en el extremo de los tubos de oxiacetileno para encender la llama. A aquellas alturas, ya me invadía el escepticismo acerca de las posibilidades comerciales de mi robo; podía servir, todo lo más, para encender fuego. Pero en Lager las cerillas (ilegales) no escaseaban precisamente.

Alberto me reprendió. Para él la renuncia, el pesimismo y el desánimo eran algo abominable y pecaminoso. No aceptaba el mundo del campo de concentración, lo rechazaba por instinto y por razonamiento, no se dejaba contaminar por él. Era un hombre de una voluntad buena y fuerte, y había permanecido milagrosamente libre, como libres eran sus palabras y sus actos. No había humillado la cabeza, ni había plegado la espalda. Un gesto suyo, una palabra o una risa suyas ejercían una virtud liberadora, abrían un agujero en el tejido rígido de Lager, y todos cuantos se acercaban se daban cuenta de ello, incluso los que no entendían su lengua. Creo que nadie, en aquel lugar, fue tan querido como él.

Me riñó. No hay que descorazonarse nunca, porque es perjudicial y por tanto inmoral, casi indecente. Había robado el cerio, ¿no?; pues bueno, ahora se trataba de colocarlo, de lanzarlo. Ya se ocuparía él, lo convertiría en una novedad, en un artículo de alto valor comercial. Prometeo había sido un imbécil dándole el fuego a los hombres, en vez de vendérselo. Habría ganado dinero, aplacado a Júpiter y evitado todo aquel lío del buitre.

Nosotros teníamos que ser más astutos [...]



Fragmento de "El Sistema Periódico", de Primo Levi.



Primo Levi fue novelista, ensayista y científico italiano, superviviente del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau. Levi nació en Turín el 31 de julio de 1919 y estudió química en la universidad de aquella ciudad entre 1939 y 1941.

Se encontraba trabajando en el terreno de la investigación, en Milán, cuando la intervención alemana en el norte de Italia, ocurrida en el año 1943, le empujó a unirse a un grupo judío de la Resistencia. Fue detenido y deportado al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, en el cual sobrevivió desempeñando trabajos de laboratorio para los nazis. Retomó su carrera como químico industrial en 1946 y, al jubilarse en 1974, pudo dedicarse con más intensidad a la literatura. Entre los muchos libros que Levi escribió a lo largo de su vida destacan Si esto es un hombre (1947), que contiene su visión particular de lo inhumano de Auschwitz, La tregua (1958), en el cual describe su largo viaje de retorno a Italia a través de Polonia y Rusia, después de ser liberado, El sistema periódico (1975), un grupo de narraciones cortas en las que utiliza los elementos químicos como metáforas para caracterizar a distintos tipos de personas, y Si no ahora, ¿cuándo? (1982), una obra en la que describe el grupo de la Resistencia al que perteneció, y mediante la cual intenta refutar la idea de la pasividad de los judíos frente al nazismo. Levi se suicidó el 11 de abril de 1987, arrojándose al vacío, por el hueco de la escalera de su casa.



Lecturas recomendadas:
El sueño de Primo Levi, Historias de Talbania (blog)
Si esto es un hombre, Historias de la ciencia (blog)
La tregua, Historias de la ciencia (blog)

Fuente: Primo Levi, epdlp.com

2 comentarios:

Myriam dijo...

Madre mía, una se descuida una semana porque no tiene tiempo de mirar los blogs y cuándo vuelve has escrito... casi la biblia en verso.
Reconozco que cuando he visto esta entrada tan larga me ha dado pereza leerlo, pero en cuanto he empezado me ha enganchado hasta el final.
La verdad es que me intriga por qué un hombre que aguantó con tanta entereza cómo escribe el infierno de un campo de concentración luego va y se suicida...

Cambiando de tema, espero que la entrada que he puesto sobre los colorantes te guste.

i75mara dijo...

El 11 de abril de 1987, Primo Levi recibió, como todos los días, la visita de la portera, que le subía la correspondencia. La saludó, tomó el paquete de cartas y se despidió afablemente. Minutos después, la portera escuchó un ruido. El cuerpo de Primo Levi yacía en un rellano. La policía supuso que el superviviente de Auschwitz se había suicidado arrojándose por las escaleras.

Algunos de sus amigos y biógrafos de Primo Levi no aceptan la versión policial. Existen múltiples teorías sobre su muerte (recordaré que no dejó ninguna nota de suicidio). Entre ellas, que si la barandilla era muy baja, que él padecía vértigo y perdió el equilibrio, o bien que su mente se vio momentáneamente perturbada.

Sin embargo otras personas que lo conocía bien no se sintieron sorprendidas por su muerte. Su proclividad hacia la depresión se debía a muchos factores: el miedo a padecer cáncer o a convertirse en un inválido, la ansiedad que sentía por la situación de su anciana madre, la desesperación ante la situación política en el mundo o el terror ante lo que le pudiera deparar el porvenir (cualquier invitación que le hicieran le suponía una pesada carga). Pero entre todos estos factores no figuraban las secuelas de Auschwitz.

A Primo Levi, que fue el escritor del horror de Auschwitz, le molestaba que le tratasen como a un simple testigo de unos determinados acontecimientos, sin tener en cuenta sus poesías y sus novelas.