¿Debemos fiarnos de los científicos?, por Paul Davies



Vivimos en la era de la ciencia. Pero no sólo los científicos intentan atraer la atención de la gente. Las religiones y corrientes filosóficas compiten con ella, afirmando que pueden ofrecer una imagen del mundo mejor y más completa. En su fuerte concurrencia con otros sistemas de ideas, la reivindicación de la ciencia tiene gran importancia, porque ella se ocupa de la verdad, y toda teoría científica sólo se mantiene en pie cuando es demostrable experimentalmente.


Pero esta imagen de la ciencia es una idealización. Los resultados científicos sólo pueden ser reflejo exacto y objetivo del mundo real en teoría. En la práctica, hace ya mucho tiempo que la naturaleza de la verdad científica no es tan unívoca. Siempre nos encontramos con un “sí, pero”. La base del método científico es la gestación de una teoría. Por su propia naturaleza, las teorías científicas son modelos del mundo real y gran parte del léxico y vocabulario científico está relacionado con tales modelos, pero no con la realidad. Por ejemplo, los científicos utilizan con frecuencia la palabra “descubrimiento”, cuando quieren decir sólo que un teórico ha perfeccionado un modelo.


Cuando los hombres comenzaron a impulsar la ciencia se basaron en su sentido común. Naturalmente, desarrollaron métodos y sistemas para descartar errores. Sin embargo, cuando se trataba de desarrollar teorías, tomaban el mundo tal como éste aparecía ante su sentido común.


Las teorías intentan describir la realidad, pero ellas mismo no son la realidad. No obstante, mientras los modelos científicos estén estrechamente relacionados con la experiencia directa; mientras nuestra razón continúe siendo una guía fiable, nos sentimos muy seguros de poder distinguir entre el modelo y la realidad.


En general puede decirse que cuanto más se aleja la ciencia de la razón normal, tanto más difícil resulta distinguir qué es sólo un modelo teórico y qué una descripción correcta de la realidad.


Si echamos un vistazo a la historia de la ciencia, comprobaremos que la naturaleza tiene la desagradable costumbre de engañar una y otra vez al hombre, de modo que éste confunde lo realmente existente con sus propias imaginaciones. Los investigadores se han dejado embaucar una y otra vez por el hecho de que confundían su impresión sobre una cosa con esa misma cosa. La historia de la teoría de la evolución está plagada de tales errores. Piénsese sólo en cuán plausible parecía de entrada la teoría del investigador francés Jean Lamarck, de que los seres vivos pueden heredar nuevas aptitudes. En lugar de ello, se demuestra, tal como observó acertadamente Darwin, que la herencia genética varía casualmente de una a otra generación y que es la selección natural la que se encarga de la constante adaptación y perfeccionamiento, así como el lento proceso de la evolución.


¿Por qué ocurren con tanta frecuencia tales confusiones? El filósofo Thomas Khun cree que los científicos desarrollan determinadas convicciones a las que se aferran rígidamente hasta que resulta evidente que se trata de absurdos.


Estos modelos o paradigmas ayudan a dar forma a las teorías científicas, por lo que su influencia sobre los métodos científicos y, por lo tanto, también sobre las conclusiones que se sacan de los experimentos es muy grande. Los investigadores empíricos se jactan de su objetividad. Sin embargo, suelen cometer con frecuencia el error de interconectar datos, un poco sin saber por qué, sin una clara intención, hasta que coinciden con sus ideas preconcebidas. A veces sucede que varios expertos realizan de forma independiente la misma medición y todos llegan al mismo resultado equivocado, pero que todos estaban esperando.


Hay científicos que ven algo que realmente no está ahí, pero otros en cambio, no ven otras cosas que ciertamente están delante de ellos.


Se han mencionado también los esquemas mentales por los que los investigadores se dejan guiar conscientemente o inconscientemente: los paradigmas. Cuando en la ciencia se produce algún cambio de paradigma, es decir, cuando una tendencia en las ideas es sustituida por otra diferente, se suelen desencadenar acaloradas discusiones. Hay también personas obstinadas en entender la realidad sólo con su inteligencia y sentido común. Por eso luchan incluso contra las ideas generalmente aceptadas. Por ejemplo con las teorías de la Nueva Física. La Teoría de la Relatividad de Einstein atrae especial inquina. Al cabo de 90 años de su publicación, las redacciones de las revistas científicas están desbordadas por manuscritos, cuyos autores intentan todavía demostrar algún tipo de error de Einstein, a fin de poder regresar al antiguo mundo, tan seguro del espacio y tiempo absolutos, devolviendo su constancia al parámetro tiempo.


Tras estos ataques se esconde normalmente el sentimiento de que el mundo no puede ser como Einstein dice. Porque, toda teoría que quiera ser cierta tiene que ser también sencilla y comprensible.


Cierto es que la relación entre modelos abstractos y realidad es difícil. Sin embargo, no por eso ha de encubrirse la exigencia de que la ciencia busque la verdad.


Pero, ¿puede descubrirse toda la verdad con ayuda de la ciencia? Hay muchos científicos que rechazan la idea de que la ciencia lo pueda aclarar todo. La ciencia alcanza logros extraordinario cuando se trata de explicar los electrones o la larga molécula de ADN, pero sus posibilidades son limitadas cuando se trata del amor, la moral o el sentido de la vida. Porque, aunque estas experiencias son parte de la realidad, no forman parte de la ciencia pura.


Ahora bien, puede ser precisamente esta circunstancia la culpable de la corriente anticientífica que hoy se observa en la sociedad occidental. Porque, si la ciencia no puede contestarnos a estas cuestiones, ¿para qué sirve entonces?. Semejante postura encierra el peligro de que la sociedad se aleje de la ciencia y se incline por otros sistemas de pensamiento, que se apoyan más en el dogma que en la experiencia. Todavía es peor la creciente tendencia a continuar utilizando la ciencia como procedimiento, pero distorsionándola y manipulándola hasta acomodarla a convicciones preconcebidas. Por eso, expongamos con claridad que sólo existe “la” ciencia, y que ésta se ocupa de la verdad, no de los dogmas. Añadamos que esta verdad posiblemente es limitada y apenas si puede satisfacer el ansia de muchas personas de lograr la comprensión definitiva de las cosas. Una meta quizá inalcanzable para nuestro inquietos cerebros.

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