Everest, por Isaac Asimov

Como sabéis de vez en cuando me gusta traer cuentos de ciencia ficción al blog. Me atraen especialmente este tipo de historias cortas tan imaginativas y con finales tan sorprendentes. Pero siempre que decido publicar alguno de estos relatos surge la duda de hasta qué punto hago mal, aunque sean pequeños cuentos publicados en alguna recopilación. Están los derechos de autor. Claro. En alguna ocasión, después de leer algún relato aquí, alguien se ha llegado a preguntar si estos derechos han caducado. Y tiene razón. Pero por otro lado, también sé de casos que después de leer los cuentos se han dirigido a la librería más cercana a encargar alguna obra del autor, pues gracias a esta exposición se ha llegado a interesar y ha querido profundizar aún más. De ahí las dudas. ¿Divulgar o no? Yo me decido por seguir divulgando. Pero supongo que la clave estará en hacerlo en su justa medida.

Así que reflexionando sobre esto, y recordando el comentario de mi amigo J.M. sobre su interés por las historias de la ascensión al Everest, he pensado que estaría bien traer al blog la parte final (y entiéndase que no está al completo) de un cuento corto de Isaac Asimov titulado 'Everest', publicado por primera vez en 1953 en la revista Universe Science Fiction y reimpreso en 1975 para la recopilación de cuentos 'Compre Júpiter'. Lo interesante de este relato es que fue escrito meses antes de la primera ascensión con éxito del alpinista neozelandés Edmund Hillary y del sherpa nepalí Tenzing Norgay. Según parece Asimov vendió el relato a la revista el 7 de abril de 1953. Unos 52 días después, el 29 de mayo de 1953, Hillary y Norgay llegaban a la cima. Sin embargo el relato no fue publicado en la revista hasta diciembre del 53. Desconozco porqué no fue publicado antes siendo en un tema tan de actualidad aquellos días. Asimov se reiría años después de lo experto futurista que era al recordar este relato. Sólo tenéis que seguir leyendo para entenderlo. Y por supuesto, después de este aperitivo, os animo a que conozcáis mejor la obra de Isaac Asimov.



Everest. Fragmento final.

«La postdata del cuento incluye una visita al hospital la semana pasada para verle. Se restablecía muy despacio. Los médicos hablaban de un shock y de agotamiento; pero los ojos de Jimmy decían muchísimo más.

—¿Qué tal la aventura, Jimmy? —le pregunté—. No has hablado con los periodistas; tampoco has hablado con el Gobierno. Muy bien, ¿Que te parece si hablaras conmigo?

—No tengo nada que contar —susurró él.

—Claro que tienes —repliqué—. Has vivido en la cumbre del Everest dos semanas enteras, bajo una nevisca. Y no lo conseguiste por ti solo, ni siquiera con la gran cantidad de provisiones que arrojamos al lanzarte. Vamos, Jimmy, muchacho, ¿quién te socorrió?

Imagino que comprendió la inutilidad de tratar de embaucarme. O acaso estuviera ansioso por descargar aquel peso de su mente.

—Son inteligentes, jefe —dijo—. Comprimieron aire para que yo pudiera respirar. Montaron una centralilla generadora de energía para conservarme el calor. Y cuando vieron que el aeroplano regresaba, elevaron la señal de humo.

—Comprendo. —No quería darle prisa—. Ha sido tal como imaginábamos. Se han adaptado a las condiciones de vida del Everest. Y no pueden descender por sus laderas.

—No, no pueden. Como tampoco nosotros podemos subir. Aun suponiendo que la meteorología no nos lo impidiera, ¡nos lo impedirían ellos!

—Por lo que dices parecen criaturas bondadosas; entonces, ¿por qué habrían de oponerse? A ti te socorrieron.

—No tienen nada contra nosotros. Hablaron conmigo, ¿sabe? Por telepatía.

Yo arrugué la frente.

—Pues, entonces...

—Pero no quieren que se les moleste. Nos están observando, jefe. Se ven obligados. Nosotros tenemos la energía atómica. Estamos a punto de disponer de astronaves. Se inquietan por nosotros. ¡Y el Everest es el único sitio desde el que pueden observarnos!

Las arrugas de mi frente se acentuaron. El sudaba; las manos le temblaban.

—Calma, muchacho —le dije—. Tómalo con calma. ¿Qué diablos son esas criaturas?

Y él respondió:

—¿Qué ser cree usted que podría estar tan adaptado a una temperatura de diecisiete grados bajo cero y a una atmósfera tan tenue como la del Everest para que ése fuera el único lugar de la Tierra en el que pudiera sobrevivir? He ahí el meollo de la cuestión. Esas criaturas no proceden de ningún lugar de la Tierra. Son marcianos.»


 Everest .1953.



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