sábado, 14 de abril de 2012

Azarquiel, el gran astrónomo de al-Ándalus


Una cosa que me llamó la atención cuando estudié Historia de España en BUP fue que el programa de la asignatura no incluía acontecimientos anteriores a la creación de la Marca Hispánica, ya saben, la frontera político-militar del Imperio Carolingio con al-Ándalus al sur de los Pirineos a finales del siglo VIII. No obstante, he de aclarar que estudié en Cataluña y los planes de estudios por entonces (no quiero imaginarme cómo serán ahora) estaban pensados para ensalzar el catalanismo e ignorar por tanto acontecimientos  que no entrasen dentro de sus interés doctrinales. Así, en el plan de estudios  la verdadera historia comenzaba con la creación de los Condados Catalanes.  Es cierto que la asignatura de historia se complementaba con la de cursos anteriores, donde habíamos tratado algunas de las primeras civilizaciones., hasta llegar a los visigodos. Pero en todo caso se ignoraba la historia de al-Ándalus, una parte de la historia de la que también formaba parte Cataluña. Alguna mención a las distintas batallas, comentarios como que los árabes fueron tolerantes con los cristianos o su maravillosa arquitectura, así como a la protección de la cultura y a sus grandes conocimientos. Y punto. Y la verdad, no sé hasta qué punto todo este desinterés por la historia de Al-Ándalus (que  me imagino que también se produce en los planes educativos de otras regiones) viene de la época franquista, donde está claro que se realzaron los valores de la Reconquista por parte de los Reinos Cristianos. Creo que esta visión de la historia ha calado tanto en nuestra sociedad que sigue ignorándose este periodo histórico extraordinario y cuando se recuerda es para hablar exclusivamente de fechas y batallas, destacando el valor y virtud  de los cristianos. (Siempre me he preguntado por qué a los niños se les habla  más de guerras y batallas  que de otros acontecimientos fundamentales como los descubrimientos científicos). Pero como dijo en 1933 Daniel González Linacero: “la historia no la han hecho los personajes, sino el pueblo todo, y principalmente el pueblo trabajador, humilde y sufrido que, solidario y altruista, ha ido empujando la vida hacia horizontes más nobles, más justos, más humanos” (Por este atrevimiento este profesor fue fusilado por el ‘Movimiento Nacional existente’ en Ávila en agosto de 1936). Así que me ha parecido bien traer al blog algunos hechos y personajes de aquella época.  Aunque es cierto que viviendo en Córdoba debería tenerlos muy a mano, también es cierto que cuesta encontrar datos. De hecho, dado que no conocía al personaje tanto como se merece, he tenido que extraer información adicional de varios artículos y blogs. Por tanto para este primer post sobre la ciencia andalusí he escogido al que muchos consideran el mayor astrónomo de la historia de España: Azarquiel. 



   Califato de Córdoba, año 1000 
Fuente: wikipedia

De Azarquiel o al-Zarqali (su nombre completo es Abu Ishäq Ibrahim Ibn Yahyà al-Zarqalluh) se sabe que nace probablemente en Toledo el 1029 d.C. y muere en el 1087 d.C. en Sevilla. (Los datos sobre su lugar de origen y fallecimiento no están suficientemente claros). Sí que sabemos que residió en Toledo y a consecuencia de las distintas invasiones cristianas que sufría la ciudad se trasladó a Córdoba.  Aunque en ocasiones se producían estas ‘guerras de civilizaciones’ como las llamaríamos ahora, estamos hablando de una época posterior al acceso al trono de Abd al-Rahman III, que con él como califa el territorio de al-Ándalus conoció una paz y una prosperidad hasta entonces desconocidas, situación que permitió desarrollar la vida intelectual hasta alcanzar la supremacía sobre el resto del mundo civilizado. Según Carra de Vaux, a Azarquiel se le dio el nombre de ‘al-Nekkach’, el grabador de metales, pues según la tradición, Azarquiel era hijo de un cincelador, y fue en su taller donde empezó a trabajar el metal desde muy joven, convirtiéndose en un artesano y mecánico de renombre. Parece ser que su padre recibía distintos encargos de los astrónomos de Toledo, y probablemente fue así como el joven Azarquiel aprendió algunas nociones de astronomía. Si tenemos en cuenta que seguramente era analfabeto, es más que sobresaliente el hecho que destacara de tal manera  en la fabricación de instrumentos astronómicos, hasta tal punto que llegó a entrar al servicio de Ibn Said, Cadí de Toledo. Sin haber tocado un libro en su vida,  bajo la protección del Cadí tuvo la oportunidad de aprender toda la astronomía de la época.  Después de dos años de estudios, en 1062, se unió al grupo de sus maestros, llegando a convertirse con el tiempo en director del grupo de astrónomos y en maestro de aquellos que antes le habían enseñado.  

                                     

  Según palabras  del propio Cadí de Toledo, Azarquiel fue “el hombre de nuestro siglo más versado en las observaciones celestes, en el conocimiento de la naturaleza de las esferas y en el cálculo de los movimientos estelares, el cual domina como nadie las tablas astronómicas y los procesos de construcción de los aparatos astronómicos”.  Además de ser un ingenioso inventor y constructor de aparatos astronómicos,  fue un gran astrónomo y matemático, y dejó varios tratados sobre la construcción y manejos de sus aparatos. Azarquiel es sobretodo conocido por ser el inventor de la azafea, un tipo de astrolabio universal. Recordemos que el astrolabio era por entonces la herramienta fundamental para explorar el cielo y una herramienta fundamental para los musulmanes para calcular el horario de la oración y la dirección de la Meca. Conocido por los griegos, el astrolabio servía para calcular la altura de las estrellas, fijar la hora o realizar los calendarios. El problema que presentaba por entonces es que era imprescindible utilizar una placa de coordenadas distinta para cada latitud. Azarquiel  diseñó un astrolabio mejorado que permitía la observación astronómica en cualquier latitud terrestre. Escribió también un Tratado sobre la azafea, donde se describía el manejo, del que se conservan traducciones al latín, castellano, persa y hebreo. 



  Sello con la imagen de Azarquiel y su azafea. Fuente: wikipedia.

Pero Azarquiel fue algo más que un ingenioso inventor de astrolabios. Junto al resto de matemáticos y astrónomos con los que trabajaba adaptó las tablas astronómicas que entonces se usaban, las indo-persas de al-Jwarazmi que tenía numerosos errores por las imperfecciones del sistema tolemaico, a las coordenadas de Toledo, creando junto a sus ayudantes al-Juarismi y al-Battani un almanaque ( del árabe  al-manākh, "el clima") que proporcionaba las posiciones del sol, la luna y los planetas conocidos durante 4 años, desde 1088 hasta 1092. Como curiosidad, en su almanaque Azarquiel usaba senos, cosenos y secantes, una prueba más del dominio de los árabes de la trigonometría. El almanaque fue rebautizado como ‘Tablas Toledanas y fueron mejoradas en tiempos de Alfonso X el Sabio (siglo XII), para pasar a convertirse en las ‘Tablas Alfonsíes, las más empleadas en Europa hasta la aparición de las de Kepler. Las Tablas Toledanas servían para posicionar cuerpos celestes y predecir fenómenos tales como eclipses. Se cree que incluso podrían predecir la aparición de cometas, cosa que de demostrarse supondría que se adelantó a Edmund Halley en casi 700 años. 


                                             Tablas Alfonsíes 
(para más información visitar el Libro de las tablas alfonsíes de la Biblioteca Digital Mundial)

Por si no fuera suficiente, además de las Tablas Toledanas (cuyo texto original en árabe se ha perdido) y el Tratado sobre la azafea, Azarquiel dedicó su tiempo a estudiar otros fenómenos astronómicos, investigaciones que plasmó en forma de tratados, entre los que tenemos:


Suma referente al movimiento del Sol, obra perdida tanto en árabe como en latín, donde se pretende definir la duración del año solar. Solo con pensar que el astrónomo andalusí dedicó 25 años a estudiar los movimientos del Sol, unas 402 observaciones, nos queda claro la dedicación y la pasión de este hombre. Así, Azarquiel midió valores como la variación del apogeo solar, estimando que su valor era 12.04” (cuando su valor es 11.8”).


Tratado de las láminas de los siete planetas, que indicaba que la órbita del planeta Mercurio no era circular sino ovalada. Esto es un hecho trascendental, pues aunque los griegos ya habían sugerido algo así, era la primera vez que un astrónomo proponía que las órbitas planetarias no eran tan ‘perfectas’ como se suponía hasta entonces, y aunque no fue tomado en cuenta, fue con los descubrimientos de Kepler cuando se demostró que las teorías de Azarquiel eran ciertas.


 Tratado relativo al movimiento de las estrellas fijas, obra que escribió en Córdoba donde estudiaba por qué las estrellas fijas tenían un movimiento y donde se describen cómo podían producirse los equinoccios. 


 Y tampoco podemos olvidarnos uno de sus mayores artificios:  la construcción de dos grandes relojes de agua (clepsidras) a la orillas del río Tajo en Toledo. Estos relojes consistían de dos contenedores que de modo gradual se llenaban mientras la luna crecía, y se vaciaban según la luna menguaba. Según parece aún estaban en uso cuando Toledo  fue conquistado en 1085 por los castellano-leoneses, y uno de ellos aún funcionaba más de medio siglo después.  La descripción de estas clepsidras y el destino de una de ellas nos ha llegado gracias a las palabras de al-Zuhrí y al-Maqqari

 
«Lo que hay de maravilloso y sorprendente en Toledo, tanto que no creemos que haya en todo el mundo habitado ciudad alguna que se le iguale en esto, son dos recipientes de agua (al-billitan) que fabricó el célebre astrónomo Abu-1-Qasim b. Abd al-Rahman conocido con el nombre de Azarquiel (bi-l-Zarqal). Cuentan que este Azarquiel oyó hablar de cierto aparato que hay en la ciudad de Arin, en la India (y del cual dice al Masudi que señalaba las horas por medio de unas aspas o manos, desde que salía el Sol hasta que se ponía), y se propuso construir un artificio parecido por medio del cual supiera la gente qué hora del día o de la noche era y pudieran conocer la edad de la Luna. Para ello construyó grandes estanques en una casa, en las afueras de Toledo, a orillas del Tajo, cerca del sitio llamado Puerta de los Curtidores, haciendo que se llenaran de agua ó se vaciaran según el crecimiento y menguante de la Luna.

»Según nos han informado personas que vieron estas clepsidras funcionaban así: en cuanto aparecía el novilunio, el agua empezaba a afluir a los estanques por tuberías invisibles de tal modo que al anochecer del día siguiente había la mitad de un séptimo justo de agua. De este modo iba aumentando el agua en los estanques, así de día como de noche, hasta que al fin de una semana los estanques estaban llenos hasta la mitad y la semana siguiente se veían llenos del todo, hasta el punto de rebosar el agua. Luego, a partir de la decimoquinta noche del mes, la Luna empezaba a decrecer y también menguaba el agua del estanque a razón, también, de la mitad de un séptimo cada día, y en el día vigésimonoveno del mes quedaban vacíos del todo los estanques.

»Si durante este ciclo de aumento y disminución del agua alguien extraía parte de ella, aumentaba el flujo de las tuberías de abastecimiento de tal modo que no se alteraba el ritmo del ciclo. Lo mismo ocurría en el caso de que alguien aumentase el caudal de los estanques, pues lo que sobraba salía inmediatamente. De tal modo que el aparato de Azarquiel superaba en maravilla al de la ciudad de Arin porque en esta ciudad las noches y los días son siempre iguales. 

»Estas clepsidras duraron hasta que el rey Alfonso (VII) quiso saber cómo y de dónde llegaba el agua de los estaques y cómo se efectuaba el movimiento y mandó que se desmontara una de ellas.  

»El despiece y la destrucción de la misma tuvo lugar el año 528 de la hégira (1134 d.C.) y el causante del daño fue el astrónomo judío Hamis b. Zabara... pues solicitó al Rey que fuera él el encargado de desmontar la clepsidra a fin de estudiar su artificio y poder mejorarlo, llenándose de día y vaciándose de noche, prometiendo volver a instalarla; pero luego no supo y quedó uno de los relojes inutilizado.» 


 
Es tal la importancia de la figura de Azarquiel que Copérnico, en su famoso libro 'De Revolutionibus Orbium Clestium' expresa su agradecimiento a Azarquiel y al-Battani, nombrando sus trabajos varias veces.

 
Incluso la NASA se acordó de Azarquiel y le dedicó uno de los cráteres de la luna. Si pensamos que uno de los objetos astronómicos más exhaustivamente estudiado por Azarquiel fue la Luna, que estuvo más de 37 años realizando observaciones continuadas de las posiciones y fases lunares, estoy seguro que si este gran sabio andalusí pudiera vivir en nuestra época, muchas noches las pasaría embelesado observando el cráter con su nombre. Un rincón del universo dedicado a uno de los mayores astrónomos.
 


   En la imagen la hilera central de cráteres está formada por los de Ptolomeo (superior), Alphonsus, por Alfonso X el Sabio (cráter central) y el de Azarquiel (inferior). Fuente: wikipedia.  



Referencias:

El reino de Granada - Juan Vernet
Azarquiel, el pionero olvidado - Jesús Salvador Giner
Clepsidras y horologios musulmanes - Antonio Fernández-Puertas


 
 
 

2 comentarios:

JOSE ANGEL dijo...

Impresionante documento. Las clepsidras merecen un capítulo aparte. Gracias por compartirlo!

Anónimo dijo...

Para respetar las licencias deberías de poner de donde sacais las imagenes, al menos una pertenece a wikipedia commons porque la ha elaborado un compañero, y en la licencia pone claramente que se puede usar libremente pero citando la fuente y en este articulo no se ha citado, así que rogaría se cite la fuente, antes de proceder a la denuncia por violación de derechos sobre imagen