tú, yo y el libre albedrío

La semana pasada traje aquí una conversación entre Tagore y Einstein que giraba fundamentalmente en torno a la idea del libre albedrío. El místico Tagore defendía el libre albedrío, ya fuera en el plano subatómico, donde se acogía al principio de incertidumbre para mostrar a Einstein que la existencia no está predeterminada, como en el plano de la existencia humana, al hablar de la libertad que expresa nuestra realidad poniendo como ejemplo a los músicos indios y su amor por la improvisación. Por su parte, el científico Einstein defendía la causalidad de forma universal, argumentando que incluso es positivo que creamos que esto no es así. Nuestra idea de libertad por tanto no dejaría de ser una ilusión creada por el cerebro.


Esta conversación entre los dos premios Nobel es una pequeña muestra del debate que lleva siglos produciéndose. El libre albedrío es uno de los temas centrales de la historia de la filosofía y la ciencia. ¿Realmente tenemos el control de nuestras propias acciones? ¿O somos autómatas que ejecutamos una secuencia de acciones propuestas de antemano por nuestro cerebro inconsciente? A todos nos gusta sentir la idea de libertad, creer que somos seres humanos libres, no robots ni esclavos.


Pero curiosamente, y según ha demostrado recientemente una serie de cuatro experimentos, la mayoría de nosotros pensamos que tenemos mucho más libre albedrío que los demás. Así lo afirman investigadores de la universidad de Princeton, en Estados unidos, que estudiaron las diferencias entre la forma de percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. En el experimento 1, los participantes veían su propio pasado y su futuro como menos predecible a priori que el de sus compañeros. En los experimentos 2 y 3, los participantes pensaron que había más caminos posibles (buenos y malos) en su propio futuro que en el futuro de sus compañeros. En el experimento 4, los participantes consideraron su comportamiento futuro, en comparación con el de sus compañeros, como más impulsado por intenciones y deseos (en lugar de la personalidad, las características aleatorias de la situación o la historia). Aquí se puede leer más información sobre los experimentos.


Así, mientras que nos vemos a nosotros mismos como seres autónomos con la capacidad de tomar decisiones entre diversas opciones disponibles, parece que no vemos lo mismo en los demás. Son los otros los que caminan por la vida dirigidos. Nuestras acciones se deben a una situación dada, y son las intenciones y los deseos los que nos movilizan, mientras que en la misma situación, las acciones del otro son producto de su personalidad o de las circunstancias. Y es que parece que solemos ver la personalidad como algo muy fijo en una persona, y por tanto vemos las acciones de los demás como más predecibles, no dejando lugar a su libre albedrío.


Descubrimientos como el funcionamiento de las neuronas espejo parecen indicarnos que evolucionamos hacia una mayor conexión entre nuestras mentes, hacia un mayor entendimiento del otro. Y sin embargo, investigaciones como esta ponen en duda esos argumentos: si no vemos al otro como igual, siempre será más difícil el encuentro.



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