Teoría de los campos morfogenéticos

Rupert Sheldrake cree haber resuelto uno de los grandes misterios de la biología: ¿cómo sabe el ADN de la célula de un brazo que está en el brazo y no en el hígado?, ¿por qué a lo largo de nuestra vida tenemos el mismo rostro si nuestras células se renuevan sin cesar?. Para explicarlo no sirven los parámetros físicos conocidos, ya que las formas de vida están determinadas por una extraña fuerza no energética, que provoca todas las formas pasadas; un campo que actúa más allá del espacio y el tiempo: el campo morfogenético.


Según Sheldrake:

"Morfo viene de la palabra griega morphe, que significa forma. Los campos morfogenéticos son campos de forma; campos, patrones o estructuras de orden. Estos campos organizan no solo los campos de organismos vivos sino también de cristales y moléculas. Cada tipo de molécula, cada proteína por ejemplo, tiene su propio campo mórfico -un campo de hemoglobina, un campo de insulina, etc. De igual manera cada tipo de cristal, cada tipo de organismo, cada tipo de instinto o patrón de comportamiento tiene su campo mórfico. Estos campos son los que ordenan la naturaleza. Hay muchos tipos de campos porque hay muchos tipos de cosas y patrones en la naturaleza..."


Cuando expuso esta teoría a través de su obra Una nueva ciencia de la vida, un editorial de Nature, la prestigiosa revista científica, le consideró "el mejor candidato a la hoguera que ha habido en muchos años", y sostenía que sería una pérdida de tiempo y dinero el contrastar sus conjeturas. Tan sólo la revista New Scientist tomó partido por su teoría como la única que puede responder al enigma de cómo se producen las formas.


Según el investigador, estos campos permiten la transmisión de información entre organismos de la misma especie sin mediar efectos espaciales. Es como si dentro de cada especie del universo, sea ésta una partícula o una galaxia, un protozoo o un ser humano, existiese un vínculo que actuara instantáneamente en un nivel sub-cuántico fuera del espacio y el tiempo. Este vínculo es lo que Sheldrake denomina campo mórfico o morfogenético. Al tratarse de una transmisión de información y no de energía, ello no contradice la Teoría de la Relatividad.


Uno de los ejemplos que expone Sheldrake es el de los famosos monos de la isla de Koshima, en aguas de Japón. Un grupo de científicos alimentaba a estos monos con batatas o boniatos sin lavar. Una hembra que respondía al nombre de Imo, descubrió que lavando la batata en el mar, además de perder la piel la molesta arenilla, éstas sabían mejor. Pronto todos los monos de la isla de Koshima aprendieron el truco. Pero, y esto es lo extraño, todos los monos del continente comenzaron a lavar sus boniatos, y ello a pesar de haberse evitado el contacto de los monos de Koshima con los del resto del país.


Pero este extraño contagio no sólo funciona con animales, también tiene lugar con cristales. Algunas sustancias son muy difíciles de cristalizar en el laboratorio. Pero tan pronto como un laboratorio tiene éxito en la tarea, la sustancia en cuestión comienza a cristalizar con mucha mayor facilidad en otros laboratorios alrededor del mundo. Al principio se pensó que la causa pudiera ser que investigadores visitantes portaran diminutos trozos de cristal en sus ropas o en sus barbas. Pero finalmente esta causa fue desechada. Aparentemente los cristales aprenden mediante resonancias mórficas.


¿Cómo se puede uno imaginar este campo? De la misma manera que un físico describe un campo gravitacional: un trapo elástico en el que una gran masa provoca un hundimiento. El campo de las formas es semejante. Está plano, si no existe forma alguna. El primer átomo produce la primera arruga, y cuando la forma está completa se produce un valle, que Sheldrake denomina creoda. Cuando la forma es de creación reciente, como un nuevo cristal, su valle o creoda es muy poco profundo, pero cada vez que la forma se repite, su creoda se hunde más. Las formas con millones de años tienen profundidades abismales.


Las células aciertan con el campo morfogenético correspondiente gracias a un fenómeno de resonancia mórfica. El ADN sería como una antena que captaría los mensajes mórficos.

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