Las relucientes fábricas celestes, por Isaac Asimov


En 1804, cuando la Revolución Industrial, allá por sus comienzos, se abría paso en la estructura económica inglesa, el poeta William Blake previó ya sus consecuencias con odio y malos presentimientos. En un prefacio al poema titulado “Milton” contrastaba las obras de Dios y del Demonio:

And was Jerusalem builded here
Among those dark Satanic mills?

(Y Jerusalem ¿fue construida aquí
entre esas lóbregas fábricas satánicas?)


Desde entonces no han faltado nunca voces que han lamentado la industrialización y todas sus secuelas, que se han quejado de la producción en serie de artefactos indistinguibles, del ajetreo de ruidos y basura sin sentido, de la masa informe de hormigón y asfalto que engulle interminablemente los verdes campos y de la incesante producción de efluvios (gaseosos, líquidos y sólidos), que progresivamente envenenan el aire, el agua y el suelo que nos da la vida. ¿Por qué no acabamos con la industrialización? Porque no podemos, porque dependemos demasiado de ella.


La producción en serie de artefactos iguales permite que un gran número de gente tenga algo. No son precisamente obras de arte, pero la alternativa es no tener nada. El resto del tinglado industrial proporciona empleo, un nivel de vida más alto, más esperanza de vida y una comodidad creciente.


Es un hecho que la mayoría de aquellos que denuncian la industrialización velan muy bien por sus beneficios. Normalmente figuran entre ellos los más afortunados, cuyo modo de vida depende por entero de las lóbregas fábricas satánicas. También es un hecho que el mundo siempre ha estado dispuesto a correr los peligros de la industrialización a cambio de sus beneficios. Ninguna sociedad de cierta enjundia ha abandonado nunca voluntariamente su industria, y las sociedades no industriales aspiran continuamente a adquirirla.


¿Un dilema irresoluble? ¿Y el espacio? Entre los múltiples beneficios del espacio sugeridos por aquellos que, como yo, son entusiastas de la expansión de la humanidad más allá de la atmósfera, figuran sus posibilidades en conexión con la industria. El espacio podría ser el escenario de una nueva revolución industrial que incluyera grandes complejos industriales en la Luna o en órbita alrededor de la Tierra. Las ventajas son muchas (siempre que puedan vencerse los obstáculos políticos y económicos). Sería posible diseñar un medio ambiente totalmente artificial y acomodado a las necesidades del proceso industrial. Y cabría sacar provecho de ciertas propiedades del espacio que son imposibles o difíciles de reproducir en la Tierra: ausencia de atmósfera, gravedad pequeña o nula, temperatura y radiación altas o bajas, y ausencia de un sistema ecológico que se pueda deteriorar o destruir.


Veremos el siglo XXI como una época en la que el sistema industrial de la Tierra irá entrando gradualmente en órbita. Y cuantas más industrias traspasen la atmósfera, menos quedará en el planeta. Mucho más importante que lo que este proceso aportará a la Tierra es lo que quitará de en medio: el ruido, el caos urbanístico y la contaminación.


Los desechos que se derivan inevitablemente de los procesos industriales serían reciclados con más facilidad en plantas de base espacial diseñadas desde el principio para tal propósito. Y en aquellos casos en que no sea posible reciclarlos, los productos de desecho vertidos en el espacio tienen, literalmente, millones y millones de veces más espacio donde disiparse que en la superficie terrestre, y además sin seres vivos a los que molestar.


Las fábricas del espacio, automatizadas y mecanizadas en su mayor parte, requerirán contingentes humanos relativamente pequeños para supervisar y mantener la producción; estas personas podrían reclutarse en su mayoría entre las colonias espaciales que se hallarían también en órbita.


Las colonias espaciales, y la misma Tierra, retendrían todos los beneficios de la industrialización y se librarían de todas sus desventajas, porque industria existiría, pero existiría en otra parte.


Por muy agradables y parecidas a la Tierra que pudieran ser las colonias espaciales, jamás igualarían la majestuosa extensión y la grandeza natural del planeta, ni la complejidad y variedad de su ecología. Una Tierra no industrializada podría convertirse así en gran atracción turística y lugar de retiro.


La Tierra sería un enorme mundo residencial, rural y natural, cuyas ciudades serían las colonias espaciales, mientras que las industrias en órbita serían las relucientes fábricas celestiales (ya no satánicas) de donde saldría el confort y la seguridad de los humanos.


Isaac Asimov - Muy Interesante, nº 69 - febrero 1987

8 comentarios:

Myriam dijo...

Yo veo eso muy muy muy lejano... porque el cuerpo humano no está preparado para la ingravidez, y hasta que no se consiga hacer un aparato que produzca un campo de atracción similar a la gravedad no se podrán hacer centros comerciales por ahí...
De todas maneras eso de que en el espacio se puede echar la basura porque no molesta a ningun ser vivo es cierto ahora, pero si empezamos a salir al espacio vamos a ser nosotros los seres vivos a los que va a molestar. Creo que los de la NASA ya tienen problemas para esquivar toda la basura espacial que han ido dejando los astronautas...
pero bueno, quizá algun día...

BUDOKAN dijo...

Muy buena reflexión sobre el espacio si lo pensamos a nivel de filosofía y progreso. Saludos!

Ju dijo...

Me ha encantado la reflexión.

Yo siempre he creido en la capacidad ilimitada del hombre para transformar el medio que lo rodea, para manipularlo a su antojo para optimizar su vida...
Esto va desde la construcción 'simple' a la prefabricación y la seriación, que por cierto yo si considero arte, pues desde el movimiento moderno, el estudio de los mínimos funcionales a adquirido una gran importancia y digamos sofisticación.

Quien sabe si algun día lanzaremos ciudades prefabricadas al espacio!
Lo que si es cierto, es que no lo verán mis ojos.

Saludos!

Ulysses dijo...

Sería hermoso, que pudiera lograrse. Como dices, siempre que pudieran vencerse los obstáculos, políticos y económicos. Lástima que eso este muy lejano.
Saludos

fernnado dijo...

Veo esto como algo lejano muy lejano. NO creo que nosotros vivamos este mundo. Tampoco sabemos si sería mejor o peor que el actual.

un saludo

femmeicthys dijo...

Yo preferiria estar en tierra firme, mi vertigo es espantoso a alturas decentes, imaginate si mirara la tierra desde la luna probablemente tendrían que encerrarme en un siquiatrico..

Pero supongo que habra personas mas aventureras.

Sí lo creo posible y no en tanto tiempo. Cuando tenía 7 años no creia que alguna vez el agua se vendiera embotellada y que no podriamos tomar agua de los manantiales. Y solo han pasado 25 años.
Tal vez será por eso que si me da un poco de escalofrios,sinceramente.
Saludos amigo.

Rodi dijo...

¡Gran post! Sí, señor. Me encanta esa idea de industrias en el espcio, es algo muy prometedor.

Del post me quedo con el párrafo final "La Tierra sería un enorme mundo residencial, rural y natural, cuyas ciudades serían las colonias espaciales, mientras que las industrias en órbita serían las relucientes fábricas celestiales". Es una visión fantástica del futuro.

Saludos.

Susana dijo...

Yo, que soy así, prefiero un apocalipsis que acabe únicamente con la especie humana... pero mientras llega ese final catastrófico, haré uso de lo que se ha hecho imprescindible.