Volvemos a estar de celebración. Supongo que uno siempre está dispuesto a buscar cualquier excusa para celebrar algo. En este caso se trata del aniversario de este blog. Y aprovecharé que hoy nos encontramos en el ‘día intercalar’ (29 de febrero) para traer aquí algunas curiosidades sobre el calendario.


Nuestro calendario fue heredado de los egipcios. Para ellos todo dependía de la crecida del Nilo, que tenía lugar cada 365 días. Este calendario solar también se regía por la tradición de los 12 meses, que desde tiempos prehistóricos había sido tenido en cuenta por los hombres al ver que durante este periodo de tiempo se recorría un ciclo completo de las estaciones, siendo esto fundamental para aquellas sociedades agrícolas. Por tanto este calendario egipcio tenía una duración constante, al igual que los meses, que tenían una duración de 30 días, añadiéndose al final de cada ciclo de 12 meses 5 días adicionales de carácter festivo.



Pero el año solar no tiene exactamente 365 días. Los egipcios sabían de la existencia del “año trópico”, que tiene una duración de cerca de 365 ¼ días. De todas formas decidieron no tenerlo en cuenta, soportando que las estaciones fueran corriéndose, y así cada 1460 años, el denominado "periodo de Sothis", el calendario volvía a armonizarse con la naturaleza.


Los romanos se guiaban por un calendario lunisolar de doce meses lunares (Martius, Aprilis, Maius, Iunius, Quintilis, Sextilis, September, October, November, December, Ianuarius y Februarius) al que cada cierto tiempo agregaban un mes intercalar cuando el calendario lo exigía por haberse retrasado, haciéndose las correcciones sin ningún cuidado ya que no seguían ningún sistema. Julio César decidió acabar con las inconveniencias de este calendario, que llegó a estar atrasado 80 días con respecto el sol allá por el 46.a.C., y adoptó el calendario egipcio con sus 5 días añadidos, pero decidió distribuirlos por todo el año. Como los romanos consideraban Febrero con un mes de mal agüero, decidieron acortarlo, teniendo así siete meses de 31 días, cuatro de 30 días y uno de 28. Julio César junto al astrónomo de Alejandría Sosígenes, que lo había traído expresamente para ayudarle a realizar los cálculos, decidieron tener en cuenta el cuarto de día adicional, cosa que no habían hecho los egipcios, y establecieron que un año de cada cuatro tendría un día más (aquí está el origen de los años bisiestos). Éste es el denominado “calendario juliano”.


El problema sigue estando en que el “año trópico” dura exactamente 365 días 5 horas 48 minutos y 46 segundos, o sea, 365, 24220 y no 365,25 días. Por tanto el “año juliano” se adelanta en un día al “año tropical” cada 128 años. El Papa Gregorio XIII, preocupado porque las fiestas religiosas se fueran desplazando a lo largo del año debido a estas diferencias acumuladas, impuso el 24 de Febrero 1582 el “calendario gregoriano” por medio de la bula “Inter Gravíssimas”. Del jueves 4 de Octubre de 1582 se pasó al Viernes 15 de Octubre, desapareciendo 10 días . Con esta reforma el equinoccio vernal quedó en el 21 de Marzo, y la Pascua Cristiana recuperó su posición primitiva. Y para prevenir un nuevo retraso en el futuro a partir de entonces se decidió actuar de la siguiente manera:



Como el año juliano se adelanta un día entero cada 128 años, en 384 años se debe adelantar 3 días, por lo que podemos decir que se adelanta 3 días enteros cada 4 siglos. La solución a la que se llegó fue que cada 400 años se omitieran 3 años bisiestos, por tanto, de cada 400 años se toman 3 años bisiestos, y se hacen comunes,
y sólo se permite que uno, el que es divisible por 400, sea bisiesto. Así, los años 1700, 1800 y 1900 no fueron bisiestos, como sí lo eran con el sistema juliano. A esto llamamos “calendario gregoriano”. Las iglesias protestantes y ortodoxas no aceptaron este cambio y siguieron con el juliano, creándose numerosos equívocos y desórdenes. Fue necesario más de un siglo para que las naciones protestantes y ortodoxas reconocieran las ventajas del sistema gregoriano. En 1700 lo adoptó Prusia y los demás estados alemanes. En 1751, Inglaterra y sus colonias americanas. Rusia y los países balcánicos lo hicieron en 1923.


Pero este sistema tampoco es perfecto. Necesita una corrección de 1 día cada 3300 años, ya que atrasa aproximadamente 26 segundos por año. Un margen de error inaceptable...


Fuentes:
400 años del Calendario Gregoriano -
Asociación Chilena de Astronomía y Aeronáutica
De los Números y su Historia - Los días de nuestros años - Isaac Asimov
Calendario Gregoriano - Wikipedia
Calendario Gregoriano - Saber Curioso
Doce meses y primero de Enero - Conoze




Vivir más allá de los 90 años gozando de buena salud es mucho más que una cuestión de genes y suerte. Un reciente estudio ha determinado 5 factores correlacionados fundamentales para mantener una buena salud de por vida. Estos son:


- Abstenerse de fumar
- Controlar el peso
- Controlar la presión arterial
- Realizar ejercicio regularmente
- Prevenir la diabetes

Según el autor del estudio, el doctor especialista en medicina geriátrica Laurel B. Yeats, el mensaje a considerar es que un individuo tiene realmente alguna posibilidad de control sobre su destino con respecto a lo que puede hacer para mejorar las probabilidades de que no sólo llegará a viejo, sino que por entonces dispondrá de una buena salud y funcionalidad.

En el estudio de control de las variables se demostró:


- Los fumadores tienen el doble de riesgo de muerte antes de los 90 años que los no fumadores.

- El riesgo de muerte antes de los 90 aumenta en un 86% en los enfermos de diabetes.

- En un 44% en los sujetos obesos.

- En un 28% los sujetos con hipertensión.

- Comparados con los hombres que nunca habían hecho ejercicio regularmente, los que lo hicieron disminuyeron su riesgo entre un 20 y un 30 %


Podemos añadir las conclusiones de otro estudio que determina que muchas personas mayores tienen una mayor longevidad no porque eviten estas enfermedades, sino por viven bien a pesar de ellas. Se puede afirmar que estos pacientes en vez de retrasar la enfermedad, retrasan la inhabilidad que conlleva. Como afirman estos investigadores: “deberíamos tener en cuenta al individuo en la toma de decisiones del tratamiento, y no tomar medidas únicamente en base a su edad cronológica”.

Fuente: New York Times



En 1804, cuando la Revolución Industrial, allá por sus comienzos, se abría paso en la estructura económica inglesa, el poeta William Blake previó ya sus consecuencias con odio y malos presentimientos. En un prefacio al poema titulado “Milton” contrastaba las obras de Dios y del Demonio:

And was Jerusalem builded here
Among those dark Satanic mills?

(Y Jerusalem ¿fue construida aquí
entre esas lóbregas fábricas satánicas?)


Desde entonces no han faltado nunca voces que han lamentado la industrialización y todas sus secuelas, que se han quejado de la producción en serie de artefactos indistinguibles, del ajetreo de ruidos y basura sin sentido, de la masa informe de hormigón y asfalto que engulle interminablemente los verdes campos y de la incesante producción de efluvios (gaseosos, líquidos y sólidos), que progresivamente envenenan el aire, el agua y el suelo que nos da la vida. ¿Por qué no acabamos con la industrialización? Porque no podemos, porque dependemos demasiado de ella.


La producción en serie de artefactos iguales permite que un gran número de gente tenga algo. No son precisamente obras de arte, pero la alternativa es no tener nada. El resto del tinglado industrial proporciona empleo, un nivel de vida más alto, más esperanza de vida y una comodidad creciente.


Es un hecho que la mayoría de aquellos que denuncian la industrialización velan muy bien por sus beneficios. Normalmente figuran entre ellos los más afortunados, cuyo modo de vida depende por entero de las lóbregas fábricas satánicas. También es un hecho que el mundo siempre ha estado dispuesto a correr los peligros de la industrialización a cambio de sus beneficios. Ninguna sociedad de cierta enjundia ha abandonado nunca voluntariamente su industria, y las sociedades no industriales aspiran continuamente a adquirirla.


¿Un dilema irresoluble? ¿Y el espacio? Entre los múltiples beneficios del espacio sugeridos por aquellos que, como yo, son entusiastas de la expansión de la humanidad más allá de la atmósfera, figuran sus posibilidades en conexión con la industria. El espacio podría ser el escenario de una nueva revolución industrial que incluyera grandes complejos industriales en la Luna o en órbita alrededor de la Tierra. Las ventajas son muchas (siempre que puedan vencerse los obstáculos políticos y económicos). Sería posible diseñar un medio ambiente totalmente artificial y acomodado a las necesidades del proceso industrial. Y cabría sacar provecho de ciertas propiedades del espacio que son imposibles o difíciles de reproducir en la Tierra: ausencia de atmósfera, gravedad pequeña o nula, temperatura y radiación altas o bajas, y ausencia de un sistema ecológico que se pueda deteriorar o destruir.


Veremos el siglo XXI como una época en la que el sistema industrial de la Tierra irá entrando gradualmente en órbita. Y cuantas más industrias traspasen la atmósfera, menos quedará en el planeta. Mucho más importante que lo que este proceso aportará a la Tierra es lo que quitará de en medio: el ruido, el caos urbanístico y la contaminación.


Los desechos que se derivan inevitablemente de los procesos industriales serían reciclados con más facilidad en plantas de base espacial diseñadas desde el principio para tal propósito. Y en aquellos casos en que no sea posible reciclarlos, los productos de desecho vertidos en el espacio tienen, literalmente, millones y millones de veces más espacio donde disiparse que en la superficie terrestre, y además sin seres vivos a los que molestar.


Las fábricas del espacio, automatizadas y mecanizadas en su mayor parte, requerirán contingentes humanos relativamente pequeños para supervisar y mantener la producción; estas personas podrían reclutarse en su mayoría entre las colonias espaciales que se hallarían también en órbita.


Las colonias espaciales, y la misma Tierra, retendrían todos los beneficios de la industrialización y se librarían de todas sus desventajas, porque industria existiría, pero existiría en otra parte.


Por muy agradables y parecidas a la Tierra que pudieran ser las colonias espaciales, jamás igualarían la majestuosa extensión y la grandeza natural del planeta, ni la complejidad y variedad de su ecología. Una Tierra no industrializada podría convertirse así en gran atracción turística y lugar de retiro.


La Tierra sería un enorme mundo residencial, rural y natural, cuyas ciudades serían las colonias espaciales, mientras que las industrias en órbita serían las relucientes fábricas celestiales (ya no satánicas) de donde saldría el confort y la seguridad de los humanos.


Isaac Asimov - Muy Interesante, nº 69 - febrero 1987